Se puede resumir en una frase: una de Kevin Costner. En este caso, una más de las pompas honorarias a los servidores sociales tras el 11-S: tópica, meliflua, militarista.
Se despliega como un precioso elogio de la peculiaridad y la extravagancia de carácter en los críos. Fresca y deliberadamente menor en su falta de pretensiones, se disfruta plenamente y presenta dos gags fantásticos.
Cohen busca protegerse ideológica y moralmente a través de una crítica a las conexiones entre el poder político y el militar. Sin embargo, su enfoque se reduce a un ejercicio de justificación que intenta legitimar los daños colaterales mediante ingeniosas argucias lingüísticas.
Es un dislate de cabo a rabo. El guion es una locura tan absurdamente divertida que, si tuviera algo de gracia, podría considerarse un clásico del camp. Sin embargo, esta extraña mezcla de catequismo y lujuria resulta realmente insoportable.
Formidable. Una obra que explora el cuerpo, desde una perspectiva visceral. La narrativa tiene un fuerte componente social, pero lo que realmente destaca es su aspecto visual. Víctor Polster ofrece una actuación que deja una huella imborrable.
A pesar de algunas ideas interesantes, la película resulta en su conjunto predecible y carente de sorpresas; cumple con lo básico, pero se siente apagada.
Howard aporta su experiencia como narrador, pero en las secuencias de lucha y combate muestra una puesta en escena y un montaje desactualizados, sin energía ni impacto. Este aire frustrante solo se desvanece en los últimos treinta minutos.
Tiene todo para el triunfo entre el gran público: actores famosos, trama de lo más simple, efectos especiales de impresión y diálogos facilones. Basado en una famosa serie de TV. Lo mejor, los títulos de crédito.
Muy libre, experimento fílmico de estimable aliento poético. No es una película fácil, aunque sí un relevante estudio sobre la cobardía y la ineptitud, el abandono y el olvido.
Un disparate de vacua pirotecnia visual, hinchado hasta las dos horas largas un producto inequívoco del tiempo presente: indolente, superficial, estridente y profundamente imbécil.
Un producto convencional con aspiraciones populares, cuyo desarrollo es predecible desde el principio hasta el final. Lo peor de la película de Vanier es su falta de originalidad. Sin embargo, lo positivo es que, a pesar de todo, no resulta del todo molesta para el espectador.
Cruise pasa de la arrogancia a la épica, y la secuela incluye de manera inteligente un emotivo homenaje a Val Kilmer. Es un cine popular digno de mencionarse, aunque se siente como un producto de molde que no es fácil de perfeccionar en la actualidad.
Vulgar comedia de confusión de identidades. El guion es muy pobre y la excesiva iluminación, propia de las viejas teleseries de hace décadas, resulta espantosa.
De factura impecable, juega a romper con todos los géneros. Todo se desmorona sin que suene paródico, desintegrando el hilo conductor emocional y dejando al espectador asombrado ante un trabajo aún más arriesgado que su protagonista.
Weir reflexiona sobre los efectos psicológicos de sobrevivir a un accidente de avión. La idea es atrayente, pero la película provoca la somnolencia a causa de sus pretensiones dogmáticas y su cansino ritmo.
La directora juega con los formatos, con los reencuadres y los colores, con un arte elegante y atrevido, y la mixtura resultante tiene mucho de coherente vanguardismo y poco de pomposa y vacua osadía.