La historia se conecta con lo sencillo, evitando caer en lo simple. Temas como la nobleza, la dignidad, la redención, la venganza y el miedo están presentes. Hay arte en cada plano, en esa fotografía de textura áspera, tan destacada como la de su predecesora. Stallone y Rocky reciben el respeto que merecen.
Se nota la eficaz labor en el tono y en la puesta en escena de Sam Raimi, director de los buenos, y la reflexión sobre aspectos de la condición humana.
El supuesto ateísmo resulta ser tan ilusorio como la propia historia. La representación del mágico universo del relato parece repetitiva, pero en este caso, todavía menos convincente.
En 'Atrapado en el tiempo' los gags eran ingeniosos, mientras que aquí resultan evidentes. La frescura y el desparpajo se han convertido en torpeza, la ternura ha dado paso a una insipidez notable y el atrevimiento se transforma en vulgaridad.
Esta segunda entrega es más de lo mismo. Sin embargo, se olvidará tan rápido como la primera, y eso está bien. Puede cumplir con las expectativas si buscas solo un entretenimiento ligero, ideal para disfrutar un buen rato y luego pasar a otra cosa.
Es una buddy movie que incorpora un giro adicional en su enfoque cómico, aunque acaba confundiendo la forma y el fondo, así como la broma con el modelo a seguir.
Muestra un exquisito gusto para el encuadre, para el montaje iluminador de los grandes instantes de una vida, y para el tratamiento musical (...) sus imágenes, y ese discursazo sobre lo que lo que permanece y lo que se va (...) quedarán en la memoria.
Una de las propuestas más insólitas del cine contemporáneo. Hay que celebrar la irrupción en la cartelera de una película tan única. Eso sí, dejemos los miedos de lado, ya que lo que encontramos aquí se asemeja más al estilo de Buster Keaton que al de Robert Bresson.
La película, a pesar de sus defectos, huele a verdad y refleja un hedor contemporáneo. Es una de esas obras, lamentablemente inusuales en el cine español actual, que, al hendir el cuchillo en la realidad, nos confronta con nuestra propia imagen.
Dirigida por su carismático actor en un debut tras la cámara con notable pulso, Creed III es, como sus dos antecesoras, pura cultura y comunidad negra. Y ese giro, manteniendo las esencias resulta fascinante.
Puñetazos de nostalgia. Huye del ridículo de la mayoría de las secuelas anteriores y mantiene cierta dignidad a pesar de que su personaje principal parece más un santo que un ex boxeador.
Pretende convertir en comedia lo que solo es un chascarrillo. Es como si los personajes de 'Porky's', 'Desmadre a la americana' o 'American pie' se hubieran extraviado en un cuento infantil, pero con mucho menos ingenio.