Dirigida por su carismático actor en un debut tras la cámara con notable pulso, Creed III es, como sus dos antecesoras, pura cultura y comunidad negra. Y ese giro, manteniendo las esencias resulta fascinante.
Puñetazos de nostalgia. Huye del ridículo de la mayoría de las secuelas anteriores y mantiene cierta dignidad a pesar de que su personaje principal parece más un santo que un ex boxeador.
Los directores han decidido crear una película destinada a un público infantil. Los personajes son exagerados en su comportamiento y en su representación social, lo que resalta la lucha de clases. Es un producto que no soporta el más mínimo análisis, ya sea social, futbolístico o cinematográfico.
La película de Danièle Thompson presenta un exceso de academicismo y pulcritud, mientras carece de valentía, crueldad y espectacularidad. Es una obra interesante, pero se queda corta. Nunca logra impactar realmente.
Los minutos iniciales son el horror narrativo, la antítesis del cine. La película, casi siempre acartonada, solo transmite una impresión de realismo y emoción en las pocas tomas televisivas reales.
La actuación de Michel Bouquet es impresionante y hay momentos de gran belleza. Sin embargo, la película no resulta visualmente atractiva. El cine político no tiene que ser necesariamente tan seco.
Perjudicada la esquina vital del cantaor referida a su toxicomanía por algunas prohibiciones de los herederos. La rabia, pasión y talento que ha impuesto Óscar Jaenada exceden la pura imitación, la cual es perfecta, y se afianzan en una auténtica creación.
El tono se reblandece demasiado, sobre todo en la secuencia final. Eso sí, en la dirección, apoyado en la preciosa fotografía de Eduardo Serra, Spacey demuestra buen gusto y las numerosas escenas de conciertos están filmadas con elegancia.
Más agradable pero igual de descuidada que 'Samba' (2014). Una película que podría ser mucho mejor si se comprendiera su propósito. Sus chistes oscilan entre lo inocente y lo completamente ridículo.
Una excelente idea de múltiples posibilidades que apenas logran aprovechar más allá de una notable presentación de personajes, y algunos puntuales instantes de gran puesta en escena de comedia loca de altura.
Mejor cuanto más intimista, 'La gran familia…', pese a sus dudas, acaba contagiando su espíritu popular: el de un gol que nos dejó con cara de no saber si reír o llorar.
El monstruo es una metáfora de una sociedad atrapada en la violencia. Escalante, igual de impactante en imagen y sonido como en su magnífica obra 'Heli' (2013), aunque con un enfoque menos explícito, opta en esta ocasión por la simbología.
La visión de Hirschbiegel se basa en un error fundamental. Las interpretaciones explícitas permiten identificar rápidamente quién es humano y quién no. El tono de la película se aleja del terror y se sitúa en el ámbito del cine político posterior al 11-S.
El arranque es demoledor. Tykwer demuestra que puede ser un artesano al servicio del cine de género. Sin embargo, el tercio final rebaja las prestaciones de lo contado hasta entonces.
La historia se conecta con lo sencillo, evitando caer en lo simple. Temas como la nobleza, la dignidad, la redención, la venganza y el miedo están presentes. Hay arte en cada plano, en esa fotografía de textura áspera, tan destacada como la de su predecesora. Stallone y Rocky reciben el respeto que merecen.