Película solo apta para los más pequeños. El conjunto presenta una dignidad destacable. La película refleja claramente la sensibilidad y la corrección propias de nuestra época.
Producto de confusa comercialidad. Tiene momentos de brillantez, pero también otros que caen en la desanimación, carentes de ritmo y pesados. Esto puede ser inevitable en una película que presenta más virtudes que defectos.
Interesantísima película. A través de una puesta en escena ágil y sin contrariedades formales que despisten de la verdadera esencia del relato, con música presente solo en momentos clave, la obra de Silhol evoca el ambiente de una narrativa del hampa.
Un tronchante paseo por la estupidez que nos domina, un certero puñetazo a nuestro modo de vida. Eso sí, se aleja de un reportaje periodístico honesto, analítico e independiente, y se asemeja más a un panfleto demagógico.
Más sutil de lo que su cartel promocional sugiere. Con ironía, agudos dobles sentidos y una puesta en escena que incluye elegantes fuera de campo, la película presenta dos tercios sorprendentes, pero finalmente se desmorona.
Puñetazos de nostalgia. Huye del ridículo de la mayoría de las secuelas anteriores y mantiene cierta dignidad a pesar de que su personaje principal parece más un santo que un ex boxeador.
Película quizás demasiado encerrada en el ámbito doméstico, donde se extraña un poco de aire fresco. No obstante, se mantiene gracias a su vertiginosa velocidad y, sobre todo, a la audacia de sus inesperados giros de género y cambios tonales.
Discretísima, la única parte que realmente destaca de esta comedia de espionaje con toques de película de colegas es el final, que tiene algo de garra. Sin embargo, se limita a apenas cinco minutos.
Su fórmula narrativa acaba convirtiendo un defecto en una virtud. Nada hay más alejado del cine que ver a un tipo largando una teoría tras otra durante una conferencia. Tiene el valor de la divulgación de lo incontestable más allá de sus más nimios defectos.
A la película la han crucificado los críticos foráneos y quizá sea excesivo, porque aguanta dos tercios de historia; eso sí, en el último trecho se derrumba.
Una de las propuestas más insólitas del cine contemporáneo. Hay que celebrar la irrupción en la cartelera de una película tan única. Eso sí, dejemos los miedos de lado, ya que lo que encontramos aquí se asemeja más al estilo de Buster Keaton que al de Robert Bresson.
Es la merienda perfecta. Sin alcanzar la excelencia, todo está bien compuesto y cumple con creces tanto el universo de Roald Dahl como con el clásico ambiente del musical protagonizado por jóvenes de la calle.
Érase otra vez. Es la clara demostración de que lo fundamental en un buen relato es que esté bien contado. En este caso, eso no ocurre. Incluso si decides modificar la historia o continuarla, es crucial que lo hagas con convicción.
Los primeros minutos de la narración son bastante deficientes. No obstante, desde ese inicio se vislumbran algunas virtudes que, aunque no se desarrollan completamente, son apreciables.