Una película rigurosa e interesante en su contenido, pero con el freno de mano en lo formal, lo que no acaba de encajar bien en un personaje autodestructivo, libertario y salvaje como el de Janis.
La película presenta numerosas debilidades; sin embargo, De la Iglesia y Valdano podrían haber dado origen a la figura del documental deportivo familiar ficcionado.
El documental de Kevin MacDonald aborda la música, la política, la pasión, la amistad, el sexo y la autenticidad, pero lo más importante es que retrata a Marley como un ser humano complejo, que trasciende la simple suma de sus partes.
Pocos defectos pueden señalarse, a excepción de su obviedad. Sin embargo, carece por completo de originalidad. No hay un solo giro dramático que se aleje del sendero más predecible.
En algún momento resulta algo superficial en los aspectos más polémicos, pero es probable que tenga un interés más relacionado con la mitomanía que con lo cinematográfico.
Lady Di del siglo XVIII. No sobresale ni para bien ni para mal de la habitual producción británica de época, impecable en cuanto a factura técnica y ambientación, pero desequilibrada y un tanto fría en la narración.
El guión logra destacarse gracias a los ingeniosos guiños metalingüísticos y a la adecuada evolución emocional entre Lorca y Dalí. Sin embargo, falla en el aspecto técnico.
La actuación de Michel Bouquet es impresionante y hay momentos de gran belleza. Sin embargo, la película no resulta visualmente atractiva. El cine político no tiene que ser necesariamente tan seco.
Perjudicada la esquina vital del cantaor referida a su toxicomanía por algunas prohibiciones de los herederos. La rabia, pasión y talento que ha impuesto Óscar Jaenada exceden la pura imitación, la cual es perfecta, y se afianzan en una auténtica creación.
Davis intenta ofrecer un toque de autoría personal que no logra transmitir. Sin embargo, cuando se enfoca en narrar las relaciones entre sus personajes, la película encuentra su camino.
Meg Ryan pierde el rumbo. La acumulación de clichés es tal que llega a asemejarse a una parodia de las películas de boxeo. Es una producción que destaca por su capacidad de ser, al mismo tiempo, burda y sentimental.
El tono se reblandece demasiado, sobre todo en la secuencia final. Eso sí, en la dirección, apoyado en la preciosa fotografía de Eduardo Serra, Spacey demuestra buen gusto y las numerosas escenas de conciertos están filmadas con elegancia.
Con unos diálogos de calidad y una convencional dirección, más cercana a una miniserie televisiva que a un largo con ambiciones artísticas, la película está dotada de una corrección un tanto fría.
Los flashbacks interrumpen la acción principal y obstaculizan el ritmo de la película. A pesar de su ocasional belleza, resulta demasiado convencional y probablemente se aprecie mejor como un interesante documento antropológico que como una narrativa capaz de generar conmoción.