Película carente de brillantez que, pensarán algunos, se soporta porque no tiene mayores pretensiones, o, pensarán otros, resulta insoportable precisamente por eso, porque con los temas que trata no las tiene.
Hay dos aspectos que la redimen de su condición de bienintencionado cuento chino. El primero, la fuerza del relato: delicado, tierno, bello, sensible. El segundo es el que da que pensar.
Agilísima puesta en escena. Ol Parker logra extraer el máximo provecho de diálogos que abordan situaciones algo indiferentes. En conjunto, se trata de un producto que se sitúa un paso por encima de la media.
Jonás se confirma como una rara avis: por el uso del lenguaje cinematográfico, por su visión de la existencia y por los referentes cinematográficos y literarios desplegados.
De ritmo moroso y reiterativo, la película parece un intento menor de aquellas cintas que presentaban a un niño en un contexto histórico, que solían ser candidatas al Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Sin embargo, hay ciertos detalles que perduran en la memoria.
Podría formar un inmejorable díptico moral con 'Los exámenes' de Cristian Mungiu. 'El tesoro' tiene la virtud de la continua ruptura de expectativas. Nunca ocurre lo que se espera.
Desvergüenza narrativa. Estamos ante la más espectacular de las desfachateces sobre la esencia en el dibujo de personajes. Cada una de las secuencias de ese eje central, casi una hora, empeora a la anterior.
Agradable, escueta y con un excelente elenco de personajes secundarios, la cinta demuestra sensibilidad y un entendimiento profundo de las dificultades cotidianas del ser humano. Sin embargo, su narrativa se siente algo abrupta.
El texto presenta una gran cantidad de verborrea innecesaria, lo que podría considerarse uno de los aspectos más negativos de la película. Sin embargo, destaca un intérprete excepcional que casi logra sostener la totalidad del guion: Eduard Fernández.
La autenticidad se presenta de manera limitada, ya que recurre con frecuencia a clichés verbales. Los personajes carecen de profundidad y son meras representaciones de roles familiares que nunca logran desarrollarse por completo.
Si alguien quiere entender por qué practicar la comedia negra es tan complicado, que vea '¿Y ahora adónde vamos?'. Encontrará un claro ejemplo de lo que no se debe hacer.
Algo tan fresco como trascendente. Como suele ocurrir en Payne, en su puesta en escena se mezcla la naturalidad casi de documental con algunas imágenes impactantes. Su escritura siempre es afilada, tanto por su humor como por su amor.
La calidad de los diálogos, el gran trabajo de su intérprete protagonista, Patrick Huard, y la cordialidad del conjunto pueden convertir a 'Starbuck' en un nuevo eslabón de la cadena de éxitos de identificación afectiva del momento.
Irregular pero interesante. Cuando la comedia negra, que aparece en la mayoría de las situaciones, no se impone a través de actuaciones exageradas o chistes poco sutiles, la película logra sus mejores momentos.