Película felizmente a contracorriente, es un tratado sobre el remordimiento. Ofrece una altura dramática poco común y aborda temas contemporáneos como el terrorismo y los intereses económicos de las religiones.
Con cierta apariencia de comedia negra pero tratamiento blanco, el guion añade también una meritoria cuota de actualidad. La fórmula ya huele. Y, sin embargo, sigue oliendo más que aceptablemente.
Una historia escueta que tiene el mérito de no retroceder en sus pretensiones. Apunta y, al final, dispara. Sin embargo, durante su desarrollo, los personajes femeninos no logran representar adecuadamente el estado moral y social.
Hay energía, gusto, rabia, misterio. Hay un director que provoca sensaciones. 'Green Room' no logra mantener el nivel alto durante toda su duración, ya que sin respiro no se puede alcanzar un clímax; aquí, sin embargo, todo se transforma en clímax.
A pesar de su enfoque intelectual, Baumbach se desenvuelve en la construcción de la historia con la simplicidad cotidiana de la nouvelle vague, fusionando esta estética con la energía de una comedia romántica juvenil.
Extraordinaria primera película de Sean Durkin, con una puesta en escena cuidadosamente elaborada en su sencillez, donde la composición de cada plano se presenta como un verdadero prodigio.
El ritmo es cansino; la potencia visual de Tarsem, inexistente, y ver al príncipe como un simple perrito faldero (no es una metáfora, es literal) solo produce estupefacción.
La trama se centra en el personaje fuerte de Diesel, quien revela una faceta más suave, mientras los niños descubren el verdadero significado de la obediencia. Aunque los chistes pueden entretener a un niño de siete años, es difícil que logren sacar una sonrisa a su adulto acompañante.
El espíritu de Disney, inyectado directamente en la vena, presenta tanto virtudes como defectos. Es, en esencia, otra operación financiera encubierta como un ejercicio nostálgico.
Una película experimental apasionante, abierta a múltiples interpretaciones, que puede disfrutarse (y sufrirse) como alegoría comunitaria y como rendición individual.
Comedia generacional con variados guiños musicales y cinematográficos, que se siente mejor elaborada en su escritura que en su dirección, careciendo de ritmo y energía por parte de Alethea Jones.
Cómica y trascendente, compleja, entretenida y solo puntualmente maniquea y gruesa, es una película que invita a la reflexión y, al mismo tiempo, logra entretener a las mayorías.
Kusama ha compuesto su mejor película, donde el hiperrealismo de los sonidos genera una sensación de poder hipnótico. La invitación se presenta como una inquietante obra que explora el concepto de una nueva religión.
Melodrama con toques de comedia. A veces, incluso algo extemporánea, como en los instantes de slapstick, definitivamente fuera de onda a pesar de la simpatía general del conjunto.
Entre el sentido común y la idiotez contemporánea, la película, presentada con simplicidad y autenticidad por Loncraine, se destaca por un elemento invaluable: el poder de las miradas.