La película no logra superar las expectativas habituales, aunque tampoco resulta vergonzosa. Si se ajusta la perspectiva a un público de 10 años, es soportable, lo cual ya es un mérito.
Es una fábula de ritmo calmado y seguro, enseñanza social y toque ecológico. Ofrece un cóctel obvio y la hemos visto decenas de veces, pero aspira a ser más infalible para la platea de entre 3 y 6 años.
Cómica y trascendente, compleja, entretenida y solo puntualmente maniquea y gruesa, es una película que invita a la reflexión y, al mismo tiempo, logra entretener a las mayorías.
Entre el sentido común y la idiotez contemporánea, la película, presentada con simplicidad y autenticidad por Loncraine, se destaca por un elemento invaluable: el poder de las miradas.
Cuando prevalece lo surrealista, lo macabro y lo visual, la película se enciende. Como el fuego que la domina, el de un debutante con fortaleza desigual y espíritu pretencioso, pero en modo alguno desdeñable.
Una potentísima historia de mafias contemporáneas, puesta en imágenes con la lírica habitual del director, película asentada en dos patas narrativas que convergen a la perfección.
La película resulta monótona e insustancial, a pesar de abordar temas relevantes. Se distancia del realismo y de una narrativa lógica. Todo esto se combina con una puesta en escena poco atractiva y, en resumen, crea un universo que resulta incomprensible.
El único problema de la película es que la insustancialidad de su director genera en ciertos momentos una impresión de telefilme olvidable. Sin embargo, esta sensación se disipa gracias a la fuerza de un reparto excepcional.
Medianamente excéntrica, pero no demasiado; divertida, pero no demasiado; bonita, pero no demasiado. Esta película de 2011 se suma al modelo que anteriormente representaron, entre otras, las excelentes 'Beautiful girls', 'Persiguiendo a Amy' o 'Garden State'. Aunque, eso sí, se siente algo inferior.
El desarrollo es, a un tiempo, despiadado y sutil, desasosegante y cómico. Es una película durísima, cuando en la superficie no parece tener la más mínima intención de serlo.
Irritable amargura. No hay presentación de personajes. Los encuadres carecen de elegancia. Resulta complicado sumergirse en la trama, aunque acaba mucho mejor de lo que inicia.
Un golpe contra la América biempensante, ultrarreligiosa y pacata. Sin embargo, las intenciones superan a los resultados. Es un estallido de fluidos más travieso que transgresor, como si prefiriese escupir a la cara físicamente en lugar de metafóricamente.
Esta producción de David Lynch se aproxima más a la pedantería que al verdadero entretenimiento. La única parte destacable es la hermosa canción de Spacehog que acompaña los títulos de crédito finales.
Después de las magníficas "Trust" y "Simple Men", Hartley continúa explorando su surrealismo independiente, aunque presenta una ligera disminución en la calidad con este excéntrico cruce de diversas personalidades.