La película presenta una puesta en escena que resulta incluso más tosca que plana, con momentos de estrambote que en ciertas secuencias rozan el ridículo.
El montaje combina una energía intensa con una belleza serena. Akin ofrece un lujo al unir ritmos que contrastan con imágenes ya impactantes, las cuales, gracias a sus sorprendentes acordes de fondo, cobran una nueva vitalidad.
Armada de un rancio costumbrismo y de un lamentable toque social, filmada con más velocidad que ritmo, y a pesar de todo interpretada con cierta convicción un -equivocado- canto a la nueva condición del homosexual en España
Se deleita en las obsesivas preparaciones de los supuestos manjares, pero rara vez profundiza en las tramas paralelas que la rodean, como la corrupción carcelaria o el neoesclavismo laboral.
Consciente de que en la complejidad y la trascendencia puede estar el distanciamiento de su espíritu popular, Bruno prefiere el encontronazo grueso y la diatriba gritona a la finura cómica y al argumento elaborado, que solo aparece en puntuales réplicas de calidad.
Una película que se siente más elaborada que la primera, presenta momentos embarazosos pero con una producción bien cuidada. El guion combina de manera efectiva, para bien y para mal, los dos grandes referentes cómicos de la juventud española.
A pesar de tener momentos destacados de humor, especialmente en diálogos que parecen estar fuera de lugar y que son más bien digresiones, la obra no logra convencer del todo debido a la falta de sustancia en su totalidad.
Espanto vampírico perpetrado por el algoritmo de Netflix. Foxx, consciente de las frases que le han asignado, se dedica a hacer gestos cómicos propios de un estudiante de secundaria, algo que no está a la altura de su talento.
Una franquicia que ya no vive. En esta segunda entrega, todo resulta inferior. Las escenas de acción y su mezcla de sangre y vísceras carecen de la frescura que tenían anteriormente. Además, los nuevos personajes no aportan nada interesante.
Aunque en principio en la película de Jarmusch encajan todas sus singularidades, como la extrañeza, la morosidad y el choque de culturas, también peca de cierto abandono. Así, nada sorprende.
La película se presenta como una efectiva broma que fusiona la interdisciplinariedad y el sampleado, así como la mezcla entre alta cultura y cultura popular.
Descacharrante odisea de terror cómico de deslumbrante imaginería secuencial. Salvaje, sangrienta y dionisíaca, aunque con un jocoso toque de reivindicación sociolaboral en torno al manga.
La película nunca logra consolidarse en lo que se busca: un tótum revolútum que abarca tanto el universo de Sam Raimi como el cine juvenil de Hollywood. Además, el guión parece estar por encima de una puesta en escena bastante rudimentaria.
Comedia sin sentido, elementos de Gran Hermano, el cine de terror juvenil, La selva de los famosos y toques de cine para adultos se combinan en 'Club Desmadre'. Cada componente se presenta en dosis mínimas, como si temieran que esto se convirtiera en una película seria. El guion parece escrito por niños.
Una fascinante historia que se presenta como un melodrama barroco y oscuro, con toques de humor negro. Destaca por su diálogos notables y un matiz trascendente.
Interpretada con convicción por Elisabet Gelabert, la película busca transmitir un mensaje de buena convivencia social, aunque el personaje que interpreta genera cierta antipatía entre el público.
Una hora con la sencilla solemnidad de Jonás Trueba es escueta, elevada en sus conversaciones y en sus pretensiones, rotunda, hermosa, libre y personal. Al mismo tiempo, resulta muy sencilla en su estructura.
La idea no es en absoluto mala. Sin embargo, su ejecución es deficiente. Se basa en una imagen visual que ofrece pocas posibilidades. En lugar de asombrar, provoca más sonrojo.
Tiene gracia y gancho, sensibilidad y ternura, simpatía y amargura. Unas animaciones sencillísimas, casi naífs, que redondean una película de notable atrevimiento en todos los sentidos, siempre directo, coloquial y expresivo.