Discreto debut. Arranca de una manera poco prometedora, pero durante el segundo y tercer acto logra mejorar un poco. Sin embargo, varios de los temas más destacados no reciben el desarrollo ni la profundidad adecuados.
Esta ya la he visto. Es un repetido ejemplo de historias que se asemejan entre sí. Hoy en día, las películas de Garry Marshall no solo parecen similares, sino que realmente son casi idénticas.
Se mira rápidamente y desaparece en un instante. Visiblemente, no ofrece mucho a la larga lista de thrillers psicológicos desechables del cine estadounidense reciente.
Noé ha logrado condensar su obra en 50 minutos que sorprenden por su audaz narrativa. La libertad creativa en este corto metraje es impactante y culmina en una parte final que deleita los sentidos.
Otra impresionante obra moral de Asghar Farhadi, centrada en el diálogo y las acciones más que en las imágenes, te atrapa tanto física como éticamente, llevándote a cuestionar todo, incluso a ti mismo.
A este crítico, salvo el precioso y libérrimo flashback sobre la infancia de Nimona, ni la animación, ni el trazo de los dibujos, ni el diseño de personajes le parecen especialmente atractivos. Asunto distinto es la apasionante historia.
Krasinski vuelve a demostrar que el silencio absoluto puede ser sorprendente, manteniendo las virtudes de la película original y ofreciendo un prólogo espectacular.
La película presenta una trama mal desarrollada que dificulta la comprensión de sus objetivos fundamentales, convirtiéndose en una amalgama de trivialidades en medio de espectaculares pero vacías escenas de acción.
Una película de cine social europeo centrada en la reivindicación social. Sin embargo, su mensaje, aunque potente, se pierde en una narrativa que llega a hacerse tediosa.
Una película con altibajos que inicia de manera divertida y autoconsciente, ofreciendo momentos cómicos a través de sus guiños. Sin embargo, pierde fuerza en su desarrollo central, arrastrándose con una serie de explicaciones que no logran aclarar lo que debería ser un misterio intrigante.
La primera parte es un intento de película de terror. A pesar de que intenta anclarse en la realidad, su exageración la vuelve poco creíble. Aunque el tercer acto mejora la situación, llega demasiado tarde para salvar la experiencia.
Sin pretensiones, pero está bien escrita, narrada e interpretada. El final deja un regusto amargo que empaña lo que hasta ese momento era una película competente.
No es una película que revolucionará la comedia en España. Sin embargo, cuenta con un director que se preocupa no solo por provocar risas, sino también por la estética, lo que enriquece el contenido del guión.
Una serie de cuadros que combina la comedia y el drama con una estética aparentemente simple pero con un trasfondo inquietante. Muestra que el humor puede ser simultáneamente frío y cálido, y que lo simple no necesariamente carece de ambición.
Sin caer en el romanticismo comercial, Lilti, al igual que en Hipócrates, utiliza una cámara más tranquila y menos agitada para ofrecer una crítica social y política clara y saludable.
Es fácil de ver y resulta interesante, sin embargo, la película rápidamente se desvanece de la memoria. Carece de la calidad necesaria en su narrativa y en su estilo visual.
Llega un momento en el que el relato gira y todo se va a pique. Por inverosímil, por prestidigitador y, sobre todo, porque se anula toda la carga de crítica social, política y económica.
Shyamalan a la española. Un thriller de intriga lujoso que atrapa con facilidad, hasta que se llega al momento de las explicaciones. Sin embargo, la resolución de los enigmas no logra ofrecer la seducción ni el impacto esperado.