Después de haber visto la celebrada 'La forma del agua', queda claro que están más que justificados los halagos y reconocimientos que ha recibido a nivel internacional.
Es destacable la precisión del director Pablo Larraín, a quien en ningún momento le tiembla la mano y usa las herramientas fílmicas para diseccionar y exponer las emociones de esta mujer, al momento de mantenerse en pie.
Es una pequeña joya ideal para aquellos que gustan de la mezcla de horror y humor y resultará una muy agradable sorpresa para el público en general que se permita darle un vistazo.
Es una de esas películas que embriagan gradualmente con su deliciosa y conmovedora universalidad sin recurrir a excesos melodramáticos o manipulaciones para vincularse a distintos niveles con el espectador, un clásico navideño instantáneo
No se puede dejar de destacar los atrevimientos que se permite Emma Stone, que se muestra minuciosa a la hora de proyectar una especie de glamour retorcido y hasta sucio, para hacer suya a Cruella de Vil.
Posee las virtudes suficientes para ponerse por encima del promedio en la cartelera comercial, y tiene una protagonista que se encamina una vez más a los grandes escenarios de la temporada de premios.
Se agradecen y hasta se disfrutan esas secuencias, pero son pequeños guiños de nostalgia dentro de lo que parece un capricho del antiguo responsable de encarnar a Harry el Sucio. Al igual que la película en general, se desvanecen sin remedio.
Un contundente y llamativo vehículo de irreverencia. Claro, Al Pacino representa la inclusión de lujo que termina de confirmarla como una de las mejores series del año.
Un documental que no logra funcionar plenamente como fanservice, y debido a su formato tan convencional, que se asemeja más a un reportaje televisivo, no despertará un gran interés.
El desarrollo es ágil, el objetivo es claro y la estructura se sostiene, haciendo que en términos generales la propuesta funcione. Sin embargo, su falta de capacidad para generar un verdadero miedo la sitúa por debajo de la aclamada 'El Conjuro'.
Sabe conjugar forma y fondo, para entregar una película inteligente y crítica, que no renuncia nunca al entretenimiento y reclama una inquietante complicidad que en términos generales sabe recompensar.
Es cierto que al final cae en un regodeo que empuja hacia una grandilocuencia forzada, pero esta vez eso no desmerece lo que se presenta como la obra de un director en plena lucidez, actuando con alevosía y ventaja.
A la hora de narrar aquella legendaria final de Wimbledon, encuentra los tintes épicos necesarios, resultando interesante y entretenida, incluso para quienes no sean fans del llamado deporte blanco o no cuenten con los antecedentes del hecho.
Un vehículo de entretenimiento que cumple su función. Aunque es poco exigente y se adhiere a los parámetros de las biografías más convencionales, no logra alcanzar lo que podría haber sido de acuerdo a sus propias aspiraciones.
Vale la pena por el mero hecho de disfrutar la meticulosa labor de restauración, que otorga una vitalidad renovada a las imágenes, deslumbrantes desde los primeros minutos.
Ti West ofrece un cierre completamente congruente para su trilogía. Nos encontramos ante una de las propuestas de Ti West que siempre resultan interesantes, excesivas y, por supuesto, muy entretenidas.