Kogonada aporta una sensibilidad estilística y dramática profundamente idiosincrásica a una historia que no es sólo una obra de personajes, sino también un estudio elegante y con matices de la gente, el espacio y la consciencia.
Está tan cargada de posibilidades subdesarrolladas -aunque valientes- que resulta un espectáculo frustrante, aunque uno del que no puedes apartar la vista
Una meta-investigación de la cultura de la imagen actual y del cine primitivo, bien elaborada y amena. No busca una rapidez adictiva, sino que presenta extensas secciones enfocadas en personajes individuales.
Un drama muy bien intencionado, pero resulta ser una obra débil y visualmente insípida, que en tiempos pasados habría sido vista como una propuesta menor en la televisión.
Un reparto estelar y un cabello espectacularmente horrible no logran rescatar la epopeya medieval de Ridley Scott. La trama resulta ni memorable ni satisfactoria.
Es evidente que esta película tiene potencial para generar debate, sin embargo, nunca logra despegar en su carga dramática. Es, sin duda, la obra menos satisfactoria de Cantet hasta el momento.
Un proyecto que es tan vívido en su evocación del pasado reciente como diáfano en la luz que arroja sobre la manera en la que el fanatismo religioso y nacionalista continúan ejerciendo una peligrosa influencia.
La premisa es ingeniosa, pero resulta cuestionable el nivel de comprensión que logramos de Beckett, tanto en su faceta como hombre como artista, debido a un excesivo preciosismo en la ejecución.
Una película visual y musicalmente vibrante que, aunque sigue algunas convenciones del drama de época, las supera notablemente con sus intrigas de dormitorio y un escenario hábilmente diseñado.
No se puede negar la ambición o el arte de esta película visualmente talentosa. Sin embargo, adolece de exageración, tanto en su narrativa grandilocuente como en una banda sonora que tiende a lo excesivamente retórico.
Parece improbable que imparta su bendición más allá de Italia, aunque ciertamente tiene algo de potencial allá donde encuentre un sólido público católico.
Con sus dos horas de duración, resulta agotadora y genera el deseo de una menor densidad temática, así como una perspectiva más crítica. Es de alguna manera cómplice con su protagonista.