La premisa es ingeniosa, pero resulta cuestionable el nivel de comprensión que logramos de Beckett, tanto en su faceta como hombre como artista, debido a un excesivo preciosismo en la ejecución.
Una película visual y musicalmente vibrante que, aunque sigue algunas convenciones del drama de época, las supera notablemente con sus intrigas de dormitorio y un escenario hábilmente diseñado.
No se puede negar la ambición o el arte de esta película visualmente talentosa. Sin embargo, adolece de exageración, tanto en su narrativa grandilocuente como en una banda sonora que tiende a lo excesivamente retórico.
Parece improbable que imparta su bendición más allá de Italia, aunque ciertamente tiene algo de potencial allá donde encuentre un sólido público católico.
Con sus dos horas de duración, resulta agotadora y genera el deseo de una menor densidad temática, así como una perspectiva más crítica. Es de alguna manera cómplice con su protagonista.
A todo el mundo le encantan las historias sobre 'leyendas perdidas' y Matt Dillon cuenta una especialmente jugosa y gozosa. Irresistible para amantes de la música.
Es una película importante por su compromiso y su intensidad cinematográfica, y no podría ser más oportuna. Despertará debates sobre la naturaleza y los efectos de la militancia política.
En conjunto, es una intensa experiencia que a menudo parece tan castigadora para el espectador como para los personajes. Señala el triunfante regreso a plena forma del director sudafricano Oliver Hermanus.
Las secuencias de baile y los sketches aportan un toque amateur a lo que, en esencia, es una producción convincente y sumamente entretenida. Se pueden encontrar numerosas cosas para disfrutar en este vibrante collage.