No se puede negar la ambición o el arte de esta película visualmente talentosa. Sin embargo, adolece de exageración, tanto en su narrativa grandilocuente como en una banda sonora que tiende a lo excesivamente retórico.
Parece improbable que imparta su bendición más allá de Italia, aunque ciertamente tiene algo de potencial allá donde encuentre un sólido público católico.
Con sus dos horas de duración, resulta agotadora y genera el deseo de una menor densidad temática, así como una perspectiva más crítica. Es de alguna manera cómplice con su protagonista.
En conjunto, es una intensa experiencia que a menudo parece tan castigadora para el espectador como para los personajes. Señala el triunfante regreso a plena forma del director sudafricano Oliver Hermanus.
Las secuencias de baile y los sketches aportan un toque amateur a lo que, en esencia, es una producción convincente y sumamente entretenida. Se pueden encontrar numerosas cosas para disfrutar en este vibrante collage.
Un caos alegremente estridente que pierde el rumbo después de un desarrollo lento y que ofrecerá pocas sorpresas tanto para los adeptos de Lovecraft como para los fans del cine cutre.
Aunque a veces está peligrosamente cerca de autosabotearse, esta cuerda floja de géneros es una obra ferozmente individual, extremadamente inteligente.
Mathias logra crear imágenes potentes y perturbadoras, pero la narrativa carece de originalidad para justificar el ambiente opresivamente sombrío que se presenta.
Una historia de amor de ciencia ficción ambientada en un mundo que brilla visualmente hasta una perfección evocadora, pero en el que la premisa central suena repetitiva y falta de originalidad.