Tan triste como oscuramente divertida, la película está tan bien concebida y construida que a menudo parece un documental de Frederick Wiseman, a pesar de que todo está guionizado y cada parte es interpretada por un profesional.
Coppola logra plasmar de manera efectiva la atmósfera de Tokio, destacando la experiencia de ser un forastero y aprovechando al máximo el talento de sus actores. Sin embargo, no logra ofrecer mucho más.
Aparenta ser una obra atrevida, pero se limita a repetir lo que gran parte de la industria de la TV ya sabe sobre sí misma y sobre sus espectadores. No obstante, es bastante entretenida.
Parece intencionadamente torpe y sin sentido, pero cuando uno de los personajes se refiere a Europa como 'país', no supe si estaba bromeando o no. A pesar de todo, me saqué una risa en un par de ocasiones.
Si, como a mí, te gustan las películas anteriores de Gus Van Sant, te satisfará especialmente lo que aquí consigue hacer con el guion satírico antitelevisión de Buck Henry.
Aunque se intenta mantener el interés la mayor parte del tiempo, la compasión autoconsciente que Frears prodiga al material lo sitúa en cierto inframundo que hace que no llegue a ser plenamente convincente.
Ha envejecido bien. Las frenéticas y caricaturescas actuaciones de George C. Scott, Sterling Hayden y Peter Sellers se mantienen tan brillantes como siempre.
Esta deliciosa y tardía comedia costumbrista de Ernst Lubitsch está un peldaño por debajo de sus mejores trabajos, pero la interpretación de los personajes es tan buena que apenas se nota.
Mis ganas de mantener el interés en la trama y de asombrarme con la actuación de Kingsley se vieron afectadas por la violencia del montaje y el sonido.