Otra muestra de la permanente vitalidad del cine argentino, esta película, aunque modesta en su apariencia, aborda la problemática de la preadolescencia y logra captar la realidad de forma natural y transparente.
Excelente película, refractaria al sentimentalismo pero muy humana. Un retrato social crudo y veraz interpretado por jóvenes actores que destilan naturalidad.
Es un retrato de mujer tan riguroso como absorbente, sin maquillajes sentimentales ni lecturas en segundo grado. Se siente como un melodrama áspero de Maurice Pialat, pero a la vez está filtrado por el refinamiento y la ternura de François Truffaut.
Los escenarios están descritos con mano maestra, el tono funde admirablemente dureza y ternura, y los personajes son retratados con una serena humanidad, además de estar prodigiosamente interpretados.
Es una película bonita, pero no una colección de postales. Una película cálida, pero no pegajosa. Tierna y suave, pero ni azucarada ni cursi. Hay mucho pedigrí, mucho bouquet, en esta obra de pasmosa sencillez.
Su exposición es fresca y dinámica, el trazo con que Richard Ayoade pinta al héroe tiene el calado emotivo, hondamente melancólico de las mejores páginas de Antoine Doinel.
Una todavía no encumbrada pero ya estimable Julia Roberts monopolizará hoy el interés, si bien todo el elenco de actores, de una espontánea ductilidad, merece el aplauso.
Uno de los éxitos comerciales más sorprendentes de estos últimos años. En realidad, se trata del cuento del patito feo. Y no menos superficial, con no menores dosis de moralina.