Boyle se concede toda libertad para no aburrir. Y no aburre, pero paga con creces el precio del ridículo. Boyle parecía en su momento ('Trainspotting') el mejor de su generación: ahora parece el peor.
En su interior brilla el potencial de un excelente melodrama que la película, sin embargo, no alcanza. Ojalá Ponce hubiese utilizado más la elocuencia de la imagen en vez de confiarlo todo a las palabras.
Chang-dong planifica su puesta en escena de manera que la tormenta de la tragedia se presente sutilmente en el fondo. A lo largo de la película, introduce ecos y recurrencias que, al llegar al desenlace, evidencian que cada uno de los 139 minutos de metraje resulta esencial.
El cineasta logra plasmar de manera efectiva esa atmósfera intensa y cautivadora, siguiendo de cerca a sus personajes de un deslumbramiento a otro. Sin embargo, opta por centrarse en un enfoque que se siente excesivamente como un turismo nostálgico.
Esta es, en el fondo, una heterodoxa historia sobre la reconstrucción de una amistad escondida bajo una comedia de contrarios, obra de un supuesto autor satírico que se ha revelado un gran retratista de personajes complejos.
En la película se percibe un fuerte deseo de diagnosticar la generación actual, sin perder la capacidad de crear retratos detallados de sus personajes. Además, existe una perfecta sincronía entre la dirección de Trapé y un elenco bien seleccionado.
El filme evita caer en soluciones dramáticas simplistas, pero opta por situarse en un limbo insatisfactorio que oscila entre la celebración épica y su opuesto.
Minghella no se engaña. Su película no está destinada a cuestionar, sino a celebrar y endulzar. Los tres intérpretes y sus respectivos personajes representan el pequeño lujo que ofrece esta película, que por lo demás, resulta bastante olvidable.
Se mantiene fiel al código estético marcado por Aubier, Patar y Renner, aunque el sustrato de animación 3D, cuidadosamente tratado, a veces afecta la fluidez de los movimientos, lo que en ocasiones resulta en una sensación mecánica.
Logra la considerable proeza de erigirse en la más distinguida y reflexiva entrega de la saga en esta resurrección, no sólo hay talento, sino también afecto e inteligencia.
Con unos diálogos que sirven de motor screwball al conjunto, 'Mistress America' no aspira al diagnóstico generacional: brilla en el retrato preciso de un personaje complejo.
Película singular que cambia de forma sorprendente cuando menos lo esperamos. La cineasta mantiene la capacidad de romper con todas las expectativas de manera notable.
No es una película destinada a explorar heridas locales, sino que busca presentar una denuncia que satisface tanto el consumo como la conciencia del espectador occidental.
Un retrato femenino complicado, matizado y exquisitamente realizado, sustentado por la entrega, el arrojo y la dedicación de una actriz excepcional. La interpretación de Sarandon es simplemente deslumbrante.