Es de esas películas en las que cuesta decidir qué elemento conquista el top de la repelencia: si el ceño fruncido de una Marion Cotillard forzando su registro de intensa o la fatal, inevitable, canción de Antony and the Johnsons.
Lo más manso y previsible que ha dado la carrera de Phillips. Con eficacia cómica, eso sí, y algunas paradas inolvidables. Phillips ha hecho una buena película... rutinaria.
Es, por más de un motivo, una anomalía digna de estudio. No es, pues, ningún ejemplo paradigmático de arte disidente, pero sí un trabajo capaz de manejar con habilidad inesperados recursos de género.
Una comedia destacable. No es un producto de Apatow, aunque se le asemeje en muchos aspectos. No solo consigue hacer reír al público sin recurrir a clichés fáciles, sino que también ofrece reflexiones perspicaces y pertinentes sobre la época que vivimos.
Se ve lastrada por su forzada condición autoconsciente de despedida ritual. Combina hondura con subrayados que resultan agotadores, presenta decisiones estilísticas cuestionables y ofrece poderosos momentos donde se desvela el alma rota del arquetipo.
Una película genuinamente infantil y orgullosa de serlo. La labor de síntesis gráfica es excepcional y el relato destaca tanto en sus momentos épicos, que rozan lo wagneriano, como en su atención a los detalles más pequeños.
Conciso y calculado vodevil crepuscular que parece facturado casi sin esfuerzo, pero que encierra, en su naturaleza portátil, un profundo conocimiento de lo humano.
El filme se complace demasiado en celebrar lo que no debería ser celebrado, pero sería miserable no reconocer que, en su registro, funciona como una Harley recién salida de fábrica.
Ejemplar exploración de soledades. Staka maneja un complejo tejido emocional como si jamás hubiese oído hablar de las exigencias genéricas del melodrama. Su película logra que su carga dramática se filtre sin golpes de efecto y cale hondo.
Esta inclasificable joya animada reúne referencias cinematográficas y artísticas para narrar una historia vertiginosa que se conecta con la tradición del folletín. El resultado es verdaderamente singular.
Cuando el cineasta logre encontrar una voz propia, liberándose de sus registros excesivamente referenciales, su cine quizá trascienda su actual condición de exótica singularidad.
'Train to Busan' tiene una suerte de hermana malévola: la precuela animada 'Seoul Station'. A pesar de un clímax brillante, pierde algo de su espectacularidad, pero brinda lo que los seguidores de Sang-ho echaban en falta.
Los personajes se mueven como el trazo de Vázquez requiere y el lenguaje visual de la película se impone como firme identidad estilística y no como fruto del pulso con posibilismos de producción.