Con un sentido del espectáculo a la vez sofisticado y primitivo, esta síntesis de megablockbuster delirante y turbio dilema moral es un enérgico antídoto contra el orden racional dominante en la industria de la ficción.
Lo más reprobable de la película llega en el desenlace, donde un ensamblaje arbitrario de los planos convierte en ilegible una acción que está poblada por personajes con un desarrollo menos profundo que el de una artemia.
Cuesta recordar un arranque más desalentador en el subgénero de las odiseas de supervivencia, pero sería injusto no reconocer su función narrativa. No es una película rutinaria, ya que logra definir a sus personajes sin recurrir a arquetipos.
Jacquet coloca su preciosismo documental al servicio de la ficción y termina cuestionando la tendencia a proyectar bondades humanas sobre el mundo animal que nutre gran parte de la película. Sin embargo, eso no impide que el conjunto resulte arduo.
McLean no se anda por las ramas, no dilata innecesariamente su relato, pero explora todas las posibilidades de esa situación única mediante un virtuoso manejo de las viejas mecánicas del cine de aventuras.
Carell exige a sus seguidores un acto de fe significativo: continuar encontrándolo divertido, mientras se mantiene atrapado en la estructura ingeniosa de una comedia ostentosa creada para no incomodar.
La labor parece mecánica y sin carisma, denotando un cineasta que se limita a cumplir con un encargo sin involucrarse realmente. Lo que antes brillaba como una creación animada se ha transformado en un apresurado efecto especial.
Snyder ha sido fiel al fondo de 300, pero ha inyectado tantos anabolizantes en la forma que ha condenado el conjunto a la parálisis de una hiperrealista (y algo ridícula) figura de cera.
Película que intenta ofrecer una lectura crítica del pasado histórico, sin llegar más allá del hilvanado de sustos baratos. Los Spierig tenían entre manos una arquitectura privilegiada, pero han optado por reducirla a precario Pasaje del Terror.
Dieter Berner adopta un estilo grandilocuente para narrar una historia que apenas roza lo conflictivo, como la pederastia, y elude profundizar en el arte.
Con discutibles recursos estilísticos y un evidente propósito didáctico, la película parece confirmar que Andreas-Salomé está condenada a que, más que en sus ideas, el énfasis se centre en lo que sucedía o lo que decidía de cintura para abajo.