Se le pueden reprochar a 'Musarañas' algunos subrayados y pasos en falso, pero es un debut enérgico, capaz de modular con buen pulso la escalada hacia sus excesos finales.
La Bishop de Miranda Otto es un espectáculo que justifica la existencia de una película que, ante todo, brilla por esta interpretación. Menos surtida, pero sumamente eficaz —y, finalmente, conmovedora— es la composición de Glória Pires.
La pareja de actores y la habilidad del guión para mantener siempre la tensión narrativa son lo mejor de un conjunto que acaba resintiéndose por el cambio de tono abrupto en su último tercio.
Réquiem por la comedia (azconiana). el cineasta respeta demasiado la memoria del amigo perdido y el conjunto se resiente, convirtiéndose casi en el gesto nostálgico por una tensión (cómica) perdida.
La elección de Casey Affleck es, sin duda, su mejor acierto. Es una exploración efectiva de lo oscuro, aunque con salidas de emergencia claramente marcadas.
Ejercicio de precisión, que acredita la presencia de un cineasta en pleno control de su lenguaje, capaz de imponer una poética inflexible sin sucumbir a la tentación del manierismo. No es una película fácil, pero sí un trabajo irreprochable.
Une en transparente armonía las dos direcciones posibles del arte animado: la invocación de lo imposible y la captura sutil de lo esencial, con especial atención por la elocuencia de lo minúsculo.
La película muestra energía, habilidad técnica y ciertos rasgos de originalidad, aunque presenta problemas. Se espera que el espectador tenga una gran flexibilidad en cuanto a los puntos de vista.
[Tucci] antes que evidenciar un claro interés por los secretos y claroscuros de la creación artística, lo que acaba haciendo es delatar sus propias limitaciones como retratista.
Sinopsis en movimiento que cuida algunos detalles para no darles uso. Al salir de la sala, la sensación es la de haber presenciado un drama familiar que, en teoría, aborda una tragedia colectiva.
Es la precuela de esa mediocre película y la remarcable sorpresa es que su responsable se haya tomado el trabajo mucho más en serio que su predecesor. No inventa nada, pero logra erigirse en sólida pesadilla para un buen Halloween.
Película luminosa y cargada de carisma, excéntrica mezcla de road movie y western errante con chamán en el punto de destino, a la que no le hubiese venido mal algún contrapunto amargo.
Frenética aventura en clave bondiana. Un espectáculo dominado por un sentido lúdico que pulveriza todo recuerdo de la pomposidad modelo Christopher Nolan.
Obra de un autor en plenas facultades al que, no obstante, se le acaba yendo la mano en esa exaltación de su estilo y su lujuria por el salto sin red: el desenlace enfrenta al espectador a la violencia de ese territorio expresivo donde lo sublime y lo ridículo se funden en un todo.
Veiel traslada su rigor de documentalista a una construcción dramática sólida, que tiene excelentes aliados en sus actores principales y propone golpes de efecto inusuales.
La representación de las españolas está plagada de clichés, al igual que el retrato de las burguesas parisinas. Le Guay evidencia que entre Francia y España no solo hay una separación geográfica, sino también un profundo prejuicio cultural que persiste.
Musical modelo montaña rusa, aparatosa aberración condenada al éxito abrumador. Proporciona una experiencia tan intensa que este crítico volverá a ir a verla, tarde o temprano.