Cronenberg logra sobrecargar la pantalla de energía con los recursos más austeros. Es una película civilizada y didáctica, pero al mismo tiempo, está impregnada de misterio. En un mundo ideal, sería de visión obligada en las escuelas.
Dupontel no tarda en mostrar que, más allá de las complejidades formales, hay un sustancial contenido: no solo una clara intención estilística, sino, especialmente, la habilidad de presentar con fuerza y firmeza una narrativa de gran calidad.
Recha ofrece una interpretación minimalista y poco convencional de una película de piratas. Logra evocar el espíritu de la aventura con una sorprendente economía de elementos. Lo fundamental no radica en la imaginería típicamente vinculada al género, sino en los variados estímulos que presenta.
Ni la misma sensibilidad, ni la misma inteligencia creativa de sus documentales se manifiesta en este melodrama histórico. Es un caso extraño de estudio: el cineasta que parece haber envejecido cincuenta años de una película a la siguiente.
Tanto una puesta en escena que resalta la egolatría del director como una historia romántica llena de clichés y forzada, desvían la atención de lo verdaderamente importante.
Besson no ha realizado tanto una adaptación como una lectura o apropiación del personaje. Sin embargo, se mantiene el sentido del humor y la libertad narrativa del material original.
La fama del personaje de ficción y los desafíos de la autora a la moral de la época salen a relucir, pero un estéril academicismo coloca este trabajo en el mismo montón de biopics literarios demasiado mecánicos
[Hooper] ha adaptado la novela con los acostumbrados automatismos de quien sabe que está facturando antes un producto oscarizable que una película con alma.
La apasionada historia escala hacia su supuesta catarsis de manera rutinaria y no se toma ni siquiera la molestia de plantear preguntas estimulantes. Ningún espectador, ni siquiera el más tolerante, merece tanta apatía.
Quizá sea la más contenida y antiespectacular de las películas de Miyazaki. El director logra hacer palpable lo invisible, creando un profundo melodrama que aborda la resignación.
Ortiz sabe contar en imágenes y logra armonizar los diversos registros y niveles narrativos de su propuesta con transiciones elegantes y precisas. formalmente deslumbrante
La película se desmarca de las servidumbres del género y se resiste a la tentación de representar la vida de Amelia Earhart de manera épica. Es tan complicado irritarse con esta película como también lo es sentir simpatía por ella.
La película comienza con un brillante chiste visual, aunque no consigue sostener esa calidad en el desarrollo. Sin embargo, resulta complicado identificar el error que hace que la obra se sitúe por debajo de sus inspiraciones.