O'Haver articula esta pieza de 'true crime' a partir de las transcripciones del juicio real a Baniszewski, pero juega sucio en su clímax con una licencia que rompe el presunto rigor de su propuesta. Al final, la verdad de la película hay que buscarla en las intensas, incendiadas interpretaciones
Tan sólo Michelle Pfeiffer saborea su personaje con contagioso placer y logra que su interpretación se cuente entre lo más perdurable de un generoso espectáculo, tocado de muerte por su pobre musculatura cinematográfica.
El tono es de comedia negrísima y todo apunta a un cierre de ciclo, pero la película no se gana un lugar en el infierno de los perversos, sino una temporada en el purgatorio de los redundantes.
El modo en que la cámara se desplaza entre personajes en los diálogos es claro indicio de que la escritura visual se pone al servicio de algo tan intangible como su corazón. El resultado es impresionante.
Una semana basta para transitar tonos diversos dentro de un trabajo sobresaliente que captura una atmósfera vital irrespirable y resucita la lucidez del escritor.
El imperativo de contentar a todo el mundo determina una ambigüedad en el discurso que se traduce en una nostalgia activista superficial. A pesar de ser una película ideológicamente vacía, se ejecuta con una competencia fútil.
Spielberg presenta otra obra destacada. El cineasta ha logrado una capacidad sorprendente para elegir la textura estilística adecuada para cada guion. En esta ocasión, logra ofrecer una película que es tanto verbosa como dinámica.
McGuigan ha firmado la película más emotiva, delicada y compleja de su carrera. Con sus arriesgados y elegantes saltos temporales, se presenta una clara declaración de principios en un trabajo donde el estilo resplandece y no oscurece.
Vinterberg se mantiene en su línea al explorar la nota melodramática, aunque parece haber abandonado su estilo exagerado. 'La comuna' no es perfecta, pero se presenta como una obra madura, luminosa y justa.
Adapta, con extrema libertad pero con decisiones que siempre sirven a la legibilidad y autonomía del conjunto y a su sentido del espectáculo, una celebrada entrega.
La película logra la efectiva ilusión de llevar a sus espectadores al centro del conflicto, mostrando una admirable destreza para revelar las múltiples capas de ambigüedad y contraste de una realidad tan compleja.
Hermosa y compleja, la obra se adentra en un profundo sentido de la pérdida, explorando el sueño y la utopía, entre otros temas. Se trata de una creación verdaderamente destacada.
El metraje oscila constantemente entre el clasicismo, el susto ensordecedor y ese terror de discoteca que tan bien practicaba el Tobe Hooper de 'La casa de los horrores' y 'Poltergeist'.
Parece invertir muy poca energía en abordar su objeto de estudio como un problema. El desenlace de la película termina adoptando los matices de un insultante vídeo motivacional corporativo.
Se erige en un poderoso discurso autónomo e irrebatible lección sobre el poder de la forma cinematográfica para la revelación y el arrebato. Su radicalidad la convierte en algo verdaderamente único.
La película logra su objetivo didáctico al aprovechar, en su primer acto, las posibilidades dramáticas del conflicto generacional. Sin embargo, se siente que el personaje merecía una historia más convincente.