Une en transparente armonía las dos direcciones posibles del arte animado: la invocación de lo imposible y la captura sutil de lo esencial, con especial atención por la elocuencia de lo minúsculo.
Tiene algo de afectado ejercicio de estilo situado en una suerte de limbo temporal, pero su juego dramático funciona pese a situarse inevitablemente por debajo de su muy ilustre referente.
La película muestra energía, habilidad técnica y ciertos rasgos de originalidad, aunque presenta problemas. Se espera que el espectador tenga una gran flexibilidad en cuanto a los puntos de vista.
[Tucci] antes que evidenciar un claro interés por los secretos y claroscuros de la creación artística, lo que acaba haciendo es delatar sus propias limitaciones como retratista.
Sinopsis en movimiento que cuida algunos detalles para no darles uso. Al salir de la sala, la sensación es la de haber presenciado un drama familiar que, en teoría, aborda una tragedia colectiva.
Es la precuela de esa mediocre película y la remarcable sorpresa es que su responsable se haya tomado el trabajo mucho más en serio que su predecesor. No inventa nada, pero logra erigirse en sólida pesadilla para un buen Halloween.
Guy Ritchie logra algo infrecuente: un 'blockbuster' con identidad, que se toma libertades con su referente de partida, (...) y se pregunta una y otra vez cómo dotar de originalidad y distinción a cada una de sus escenas de acción.
Película luminosa y cargada de carisma, excéntrica mezcla de road movie y western errante con chamán en el punto de destino, a la que no le hubiese venido mal algún contrapunto amargo.
Frenética aventura en clave bondiana. Un espectáculo dominado por un sentido lúdico que pulveriza todo recuerdo de la pomposidad modelo Christopher Nolan.
Obra de un autor en plenas facultades al que, no obstante, se le acaba yendo la mano en esa exaltación de su estilo y su lujuria por el salto sin red: el desenlace enfrenta al espectador a la violencia de ese territorio expresivo donde lo sublime y lo ridículo se funden en un todo.
Veiel traslada su rigor de documentalista a una construcción dramática sólida, que tiene excelentes aliados en sus actores principales y propone golpes de efecto inusuales.
La representación de las españolas está plagada de clichés, al igual que el retrato de las burguesas parisinas. Le Guay evidencia que entre Francia y España no solo hay una separación geográfica, sino también un profundo prejuicio cultural que persiste.
Musical modelo montaña rusa, aparatosa aberración condenada al éxito abrumador. Proporciona una experiencia tan intensa que este crítico volverá a ir a verla, tarde o temprano.
O'Haver articula esta pieza de 'true crime' a partir de las transcripciones del juicio real a Baniszewski, pero juega sucio en su clímax con una licencia que rompe el presunto rigor de su propuesta. Al final, la verdad de la película hay que buscarla en las intensas, incendiadas interpretaciones
Todo un festín para el dylaniano de pro. Para otro tipo de espectador, la figura de Dylan puede seguir siendo tan opaca como antes de ver la película. Su enfoque a menudo resulta excesivamente autocomplaciente en su compleja vocación experimental.
Tan sólo Michelle Pfeiffer saborea su personaje con contagioso placer y logra que su interpretación se cuente entre lo más perdurable de un generoso espectáculo, tocado de muerte por su pobre musculatura cinematográfica.
Un marco narrativo que no logra trascender el tono demasiado didáctico de la voz en off. No habría que ver aquí arqueología cinéfila, sino la apertura de un debate.
El tono es de comedia negrísima y todo apunta a un cierre de ciclo, pero la película no se gana un lugar en el infierno de los perversos, sino una temporada en el purgatorio de los redundantes.