El modo en que la cámara se desplaza entre personajes en los diálogos es claro indicio de que la escritura visual se pone al servicio de algo tan intangible como su corazón. El resultado es impresionante.
Recoge la herencia del género cine negro de manera ejemplar, aunque poco mimética. Naishtat elige la desconcertante opción de llenar su película de anacrónicos estilemas que evitan que se convierta en un pastiche postmoderno.
Una semana basta para transitar tonos diversos dentro de un trabajo sobresaliente que captura una atmósfera vital irrespirable y resucita la lucidez del escritor.
El imperativo de contentar a todo el mundo determina una ambigüedad en el discurso que se traduce en una nostalgia activista superficial. A pesar de ser una película ideológicamente vacía, se ejecuta con una competencia fútil.
Spielberg presenta otra obra destacada. El cineasta ha logrado una capacidad sorprendente para elegir la textura estilística adecuada para cada guion. En esta ocasión, logra ofrecer una película que es tanto verbosa como dinámica.
McGuigan ha firmado la película más emotiva, delicada y compleja de su carrera. Con sus arriesgados y elegantes saltos temporales, se presenta una clara declaración de principios en un trabajo donde el estilo resplandece y no oscurece.
Vinterberg se mantiene en su línea al explorar la nota melodramática, aunque parece haber abandonado su estilo exagerado. 'La comuna' no es perfecta, pero se presenta como una obra madura, luminosa y justa.
Adapta, con extrema libertad pero con decisiones que siempre sirven a la legibilidad y autonomía del conjunto y a su sentido del espectáculo, una celebrada entrega.
La película logra la efectiva ilusión de llevar a sus espectadores al centro del conflicto, mostrando una admirable destreza para revelar las múltiples capas de ambigüedad y contraste de una realidad tan compleja.
Hermosa y compleja, la obra se adentra en un profundo sentido de la pérdida, explorando el sueño y la utopía, entre otros temas. Se trata de una creación verdaderamente destacada.
Guillaume Canet realiza un destacado trabajo actoral en este thriller, que aunque recurre a algunas obviedades en su expresión, alcanza momentos ocasionales de brillantez y un toque de poética.
Elegía fragmentaria, sensible y poliédrica que no pretende competir con el maestro, sino cumplir con la difícil tarea de hacerle justicia. Esto se logra a través de una concisión cuidada, un profundo conocimiento del tema y una notable capacidad para comprender la complejidad de su identidad.
El metraje oscila constantemente entre el clasicismo, el susto ensordecedor y ese terror de discoteca que tan bien practicaba el Tobe Hooper de 'La casa de los horrores' y 'Poltergeist'.
Lowery propone una relectura del western en clave sensorial e introspectiva. Es un poderoso western trágico-romántico condensado en el alma de sus personajes.
Parece invertir muy poca energía en abordar su objeto de estudio como un problema. El desenlace de la película termina adoptando los matices de un insultante vídeo motivacional corporativo.
Se erige en un poderoso discurso autónomo e irrebatible lección sobre el poder de la forma cinematográfica para la revelación y el arrebato. Su radicalidad la convierte en algo verdaderamente único.