Wall·E es una obra maestra, un asombroso equilibrio donde se fusionan la perfección técnica, una poesía auténtica y una gran dosis de audacia. Es una película que se establece como perdurable, perfecta y universal.
Es a la vez relato de origen, lucha dinástica e inmersión en aguas artúricas, pero no logra desembarazarse de un claro sobrepeso kitsch característicamente DC.
Si, en el conjunto, hubiese habido un equilibrio similar entre el sentido de la aventura y las nuevas formas del blockbuster, aquí habría una película menos agotadora, menos dada a sabotearse a sí misma.
Cuenta, sin palabras y con una elección de encuadres que empequeñece al individuo frente a la imponencia del entorno, una historia mágica de amor (...) también funciona como serena alegoría del ciclo de la vida.
Resume la vida del comandante como el viaje épico desde su propio ombligo a la toma de conciencia ecológica, mientras la puesta en escena le otorga un mismo énfasis tanto a un correteo infantil por el campo como al encuentro con una imponente ballena.
Offenstein logra plasmar la intensidad de la lucha física en el deporte; sin embargo, su enfoque visual se enfrenta a una falta de perspectiva humanista, lo que convierte la supuesta evolución del protagonista en un cliché dramático.
Sorprendente, a ratos desconcertante y, sobre todo, honesta y arriesgada entrega que cierra el tríptico monumental. Es la película más autorreflexiva del conjunto. No hay conclusión, solo belleza.
Lester no logra elevar el material más allá de lo que se esperaría de un drama televisivo convencional. Al espectador solo le queda el tedioso ejercicio de anticipar la predecible trama y cada uno de sus movimientos.
Apuesta por una narrativa fragmentaria que quizás tenga su punto débil en las escenas, un tanto relamidas, que recrean la infancia de Piñeyro. Desgrana sus argumentos con fatalista frialdad y se revela estremecedora.
Es una lástima que los diálogos intenten explicar tanto, cuando los movimientos de Acosta y la mirada de la cineasta sobre Cuba lo expresan por sí mismos.
El verdadero punto fuerte de esta obra radica en la poderosa voz de esa tanguera y en el excepcional material de archivo. Sin embargo, las reconstrucciones danzadas de la vida de los amantes caen en un tono cursi, reminiscentes de un anuncio, y no logran hacer honor a la labor de los bailarines en su representación.
El principal problema es que se transparenta en exceso la fórmula. Sin embargo, es digno de reconocimiento cómo se recicla la feroz competencia profesional de los antagonistas en un efecto cómico.
La verdadera energía de esta película, de potencial seductor y plasmación muy discutible, está en su reparto, (...) Lástima que no haya por dónde creerse este desnortado 'Tango libre'.
La película logra capturar de manera auténtica las voces, los sueños, las complicidades y los rituales privados de un grupo de amigos. Mesa renuncia a caer en el tremendismo en su ópera prima, ofreciendo un debut enérgico.
Sin tregua encuentra su sentido y energía en la química entre Gyllenhaal y Peña, quienes se convierten en los elementos más destacados de una película que podría ejemplificar la ingenuidad metalingüística de un principiante.
Suministra al espectador la ilusión de acceder a los territorios privados, a la intimidad menos adulterada de una comunidad asentada en el corazón de las tinieblas. La mirada de Poveda encuentra humanidad y desvalimiento en el centro de ese infierno, pero no hay condescendencia.
La película llega tarde y se siente como un desorientado concierto de una banda tributo que ha perdido de vista la esencia innovadora de su influencia original.