No supone ninguna mutación estimable en el subgénero de la comedia lúbrica adolescente, sino la pura reiteración de sus más grimosas constantes. Quizá lo más significativo aquí es que la zafiedad se sirve sin la más mínima distancia posmoderna.
Un eficaz tono pirotécnico, a veces saboteado por errores, pero, en el resultado final, se impone la seducción de un debut que sabe encontrar la armonía entre comercialidad e identidad tonal y estilística.
Explora el dilema íntimo que vive una joven. Con singular pasión por el detalle y una enorme elegancia expositiva, ofrece retratos femeninos complejos y contrastados.
Purísima comedia romántica para quienes afirman repudiar a Jennifer Anniston o a Sandra Bullock. Pero sería injusto negar que la trama se levanta, esquivando el peligro de los arquetipos, sobre un reconocible y sensible material humano.
Es bastante más que un producto digno, bastante más que metralla para multisalas: es un trabajo sobrecargado de energía, en cuyos laterales Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich, imparten una lección magistral de química.
La más veraniega película de este verano, un helado al limón que se derrite. La película presenta una estética de Club de Vacaciones y una puesta en escena descuidada, trivializando algunos clásicos mientras amplifica la fuerza de otros.
Especialmente indicada para todos aquellos que odien las comedias románticas. (...) divertimento ligero (...) hay algo en Jason Biggs que recuerda a los grandes cómicos melancólicos del cine mudo.
Travesura políticamente incorrecta en lugar de un ejercicio posmoderno al estilo tarantiniano, 'El infierno verde' emplea la amputación de miembros como un eco nostálgico de una época en la que el cine popular era menos preconciso.
Una pesadilla que, en sus formas externas, se revela limpia de esos lugares comunes que suelen lastrar el género. (...) supone antes una pequeña y gratificante sorpresa que una auténtica revelación.
Un banquete de excesos en forma de tríptico escatológico y/o genealogía grotesca. No es una película para todos los gustos, pero Pálfi hace posible la belleza y un extraño humanismo.
Se le podría reprochar a la directora pasar tan de puntillas por la potencialidad de denuncia, pero nadie le echará en cara haber firmado una película aburrida.
Una película apreciable, llena de apuntes incisivos a los que quizá les cueste afirmar su incómoda potencia en medio de un conjunto que apuesta (de manera transparente) por el didactismo. La película parece, a ratos, la crisis financiera explicada a los niños.
Lástima que siga las pautas de una suerte de hipotético manual titulado Financial crackdown for dummies y que el cineasta sucumba a algunas de las metáforas visuales más ratoneras.
Que Gyllenhaal y Forest Whitaker abracen sus arquetipos como si fueran lo mejor de sus carreras refleja su profesionalismo, pero el resultado final es un tipo de aburrimiento absoluto.
Las grabaciones caseras de la boxeadora son las que realmente elevan este documental, el cual, en torno a ese material, abusa del testimonio con imagen hablando y de la reiteración bienintencionada del discurso.
Parece una película venida de otro tiempo. En concreto, de ese tiempo en el que hablar de película española equivalía, en la mayoría de los casos, a hablar de las malas decisiones que se concentran en este trabajo.