Revela oficio y logra plasmar, en sus primeros minutos, un verosímil estallido de violencia colectiva y visceral, pero peca de ingenuidad y recurre a la insistencia a la hora de formular su mensaje.
Cuenta, sin palabras y con una elección de encuadres que empequeñece al individuo frente a la imponencia del entorno, una historia mágica de amor (...) también funciona como serena alegoría del ciclo de la vida.
Lester no logra elevar el material más allá de lo que se esperaría de un drama televisivo convencional. Al espectador solo le queda el tedioso ejercicio de anticipar la predecible trama y cada uno de sus movimientos.
Apuesta por una narrativa fragmentaria que quizás tenga su punto débil en las escenas, un tanto relamidas, que recrean la infancia de Piñeyro. Desgrana sus argumentos con fatalista frialdad y se revela estremecedora.
El verdadero punto fuerte de esta obra radica en la poderosa voz de esa tanguera y en el excepcional material de archivo. Sin embargo, las reconstrucciones danzadas de la vida de los amantes caen en un tono cursi, reminiscentes de un anuncio, y no logran hacer honor a la labor de los bailarines en su representación.
Sin tregua encuentra su sentido y energía en la química entre Gyllenhaal y Peña, quienes se convierten en los elementos más destacados de una película que podría ejemplificar la ingenuidad metalingüística de un principiante.
Suministra al espectador la ilusión de acceder a los territorios privados, a la intimidad menos adulterada de una comunidad asentada en el corazón de las tinieblas. La mirada de Poveda encuentra humanidad y desvalimiento en el centro de ese infierno, pero no hay condescendencia.
Cuando el relato presenta, con trazo sintético y revelador, a los cuatro personajes de esta película tan compleja y resbaladiza como la vida, uno se queda con la seguridad de estar en muy buenas manos.
Cabe preguntarse si todas las imágenes de Nolan, sin el espectacular diseño de sonido y sin la banda sonora de Hans Zimmer, poseerían la suficiente elocuencia expresiva como para defenderse por sí solas.
En el conocido escándalo 'Rathergate' existían, al menos, dos narrativas en disputa. Al final, ha triunfado la más convencional y conservadora, aprovechando la evidente efectividad de simplificar lo complejo a una dicotomía.
El debut cinematográfico de Rupert Goold se centra en el duelo actoral, aunque no consigue que el conjunto se distinga de un habitual telefilme basado en hechos reales.
Una versión ligera y espectacular de un psicodrama orientado a resolver un Edipo complicado. El giro final confirma el talento del debutante para la impudicia/espectáculo.
Un Tosar en otro de sus espectaculares trabajos de composición. 'Operación E' opta por no plantearse si desea ser una película política, transformando su problemático telón de fondo en un simple decorado.
Uno no puede sino asombrarse ante el tacto, la precisión, la elegancia y el palpable y legítimo humanismo de la mirada de Anne Hui a la hora de abordar un tema y unas relaciones que, sin duda, hubiesen sido material abrasivo en manos de un director occidental.
Con estética de suplemento dominical, es una oda al renacimiento espiritual. La interpretación de Richard Jenkins es lo más destacado, mientras que su espiritualidad resulta pret-a-porter.
Hace del juego sucio no sólo su motivo argumental, sino también su seña de identidad conceptual. Una película que maneja sus cartas con la eficaz charlatanería del trilero.