Este Poltergeist evoca a su predecesor, pero no le rinde el respeto que merece. O quizás lo hace tanto que, en lugar de dedicar tiempo a propuestas creativas, Kenan opta por deshacerse de la historia de forma bastante rápida.
A pesar de contar con algunas virtudes, esta secuela resulta decepcionante para aquellos que nos emocionamos con la película original, que quizás no requería una continuación. Lo más destacado son las encrucijadas entre diferentes planos de realidad.
Cerca del Pasolini más lúdico, el relato central –Las lágrimas de la jueza- alcanza la excelencia en su miniaturización bufa de un entramado social condicionado por la corrupción.
Proporciona el raro placer de ver a un autor en plenitud de facultades al que se le facilitan los medios de producción para levantar su sueño más laberíntico.
Es una película de dispositivo, cuya forma acoraza su concepto, pero que encarna una antipática dirección del último cine de autor que exilia algo fundamental en toda obra artística: la posibilidad de fracaso.
Acaba proponiendo un viaje espiritual a través de sacrificios climáticos y procesos de transferencia arriesgados. No es una película para todos los gustos, pero su naturaleza como objeto desafiante también despertará pasiones incondicionales en algunos.
Gutiérrez combina hábilmente materiales y tonos diversos, logrando convertir este retrato de un americano atrapado en el aburrimiento en una sólida carta de presentación.
Película inagotable y mutante, capaz de trascender su aparente pesimismo en el fértil renacimiento de un cineasta inspirador, es un espectáculo ideal para sobreexcitar todas las zonas erógenas del espectador.
Está bien armada para enervar a quien vaya al cine buscando evasión y relato y para desconcertar -y, probablemente, irritar- a quien sienta un firme compromiso por ciertas poéticas ensimismadas y contemplativas del medio.
Adopta la apariencia de una recreación, entre lo ritual y lo descreído, del mito fundacional de la Epifanía, en clave estética pasoliniana: sin embargo, no tarda en aflorar la sospecha de la impostura, del elaborado chiste cultural cuyo gag climático es, precisamente, su exégesis crítica.
En esta secuela, aunque competente, se siente una gran inferioridad respecto a su predecesora. La esencia Amblin está presente y se perciben ecos de 'Stranger Things'. En el fondo, siempre ha sido este el espíritu de la serie 'Pesadillas': dulcificar el miedo, transformándolo en algo más manejable.