Una gratificante atracción de feria que te vapulea antes de dejarte, de manera harto conservadora, en la tierra firme de un sentimentalismo enmascarado.
Es un pequeño triunfo de la economía expresiva. Los actores están en un estado de gracia. Lo que parecía un emotivo cuento humanista se revela como una extraña y civilizadamente rabiosa forma de cine político.
Un trabajo con una rigurosa e inusual apuesta de estilo -oscura, irrespirable- y con una considerable habilidad para romper las expectativas del espectador.
Perversa forma de cine de propaganda para unos tiempos demasiado afines a la pornografía sentimental. Cusack agota el repertorio expresivo de la cara de bacalao.
Sabe mostrar sexo explícito sin agredir al público poco curtido en el cine X. Resuelve su juego con una lógica más musical que narrativa. Cameron Mitchell ha creado nuevamente una obra singular y necesaria.
Es, por un lado, la comedia romántica con el punto de partida más estomagante y agresivo que un espectador medio pueda concebir. Y, por otro, un glorioso artefacto de ingeniería sutil.
El film, en su indescriptible clímax final, rompe concatenaciones temporales, identidades, asideros y percepciones lineales, logrando que todos los elementos de su sinfonía rimen, que no haya cabo suelto.
La dimensión elegiaca de 'El imaginario...' va más allá de la figura de Ledger. Este oscuro relato funciona como una suma gilliamesca, mientras que también resalta su naturaleza caótica, irregular, fascinante y ligeramente airada, convirtiéndolo en un anacronismo.
Una oración y una carrera se funden en un prólogo que parece anunciar una película más enfática y permeable a las intoxicaciones de un cierto efectismo televisivo. Desconfía astutamente de las fórmulas.
Es una auténtica rareza, bajo cuyas imágenes luminosas acaba emergiendo algo inesperado, que el cineasta maneja como si aún siguiese vigente ese sueño utópico de un nuevo Hollywood capaz de no subestimar al espectador adulto.
Se le podría reprochar una cierta estrategia de nadar y guardar la ropa, pero su costumbrismo de galería de arte contemporáneo aporta observaciones muy incisivas.
Se inscribe dentro de la fastidiosa moda que juega al maridaje de gastronomía y romance para servir en la platea insistentes menús de sentimentalismo banal y lugares comunes.
Hay por lo menos tres cosas que salvan a la película de la rutina: son, esencialmente, una historia, un personaje y una actriz la soberbia Sara de Roo, en la piel de Pascaline.
Comedia culinaria que evoca la idea platónica de un ménage à trois, similar a "Jules et Jim", pero que termina convergiendo en una cocina de menú a través del humor costumbrista español, influenciado por la televisión.
No es la típica comedia francesa. Sin embargo, hay algo que traiciona la ambición de sus intenciones. Es una película que, a pesar de pretender ser una celebración de la alta cultura, termina cayendo en las fórmulas comerciales del cine de multisalas y también en el chovinismo.