Al mismo tiempo melodrama gótico y desaforada casa encantada en movimiento, 'La cumbre escarlata' aborda temas de peso pero, ante todo, se despliega como gozosa orgía formal.
Este Poltergeist evoca a su predecesor, pero no le rinde el respeto que merece. O quizás lo hace tanto que, en lugar de dedicar tiempo a propuestas creativas, Kenan opta por deshacerse de la historia de forma bastante rápida.
A pesar de contar con algunas virtudes, esta secuela resulta decepcionante para aquellos que nos emocionamos con la película original, que quizás no requería una continuación. Lo más destacado son las encrucijadas entre diferentes planos de realidad.
Infectados es un trabajo notable, pero también una oportunidad perdida. Es un producto eficaz pero carece de un toque distintivo. Ofrece corrección y competencia técnica, pero parece estar alejado de cualquier ambición por crear un gesto memorable.
Una pesadilla que, en sus formas externas, se revela limpia de esos lugares comunes que suelen lastrar el género. (...) supone antes una pequeña y gratificante sorpresa que una auténtica revelación.
Se le podría reprochar a la directora pasar tan de puntillas por la potencialidad de denuncia, pero nadie le echará en cara haber firmado una película aburrida.
Que Gyllenhaal y Forest Whitaker abracen sus arquetipos como si fueran lo mejor de sus carreras refleja su profesionalismo, pero el resultado final es un tipo de aburrimiento absoluto.
Las grabaciones caseras de la boxeadora son las que realmente elevan este documental, el cual, en torno a ese material, abusa del testimonio con imagen hablando y de la reiteración bienintencionada del discurso.
Una película más lúdica que discursiva, puntuada por constantes momentos climáticos (...) Un enérgico recital de prodigios que en ningún momento se toma en serio a sí mismo. No es poco.
Una serie B en el mejor de los sentidos: la película de Sena es ágil en su manejo de gratificaciones epidérmicas, va directa al grano y culmina en clave excesiva.
Funciona más como un espectáculo de aventuras, con toques de irreverencia, que como una deconstrucción irónica de un género. Lo negativo es que podría haber sido mucho más divertida.
Puro cine negro sometido a las tensiones de otro código genérico, un relato impecable que, en algunas escenas memorables, remite a las poéticas excéntricas que cineastas como Robert Aldrich, Joseph H. Lewis o Samuel Fuller aplicaron al género.
Un caótico planteamiento de las escenas de acción que se hunde en lo indescifrable. Fuqua, pulverizando toda preocupación por la puesta en escena, sacrifica la legibilidad de su película en un clímax que es su losa.
Jeff Bridges y Ryan Reynolds, un tándem inesperado, parecen ser los primeros en dudar de las posibilidades de esta película, que, aunque intenta ser original, carece de carisma.
Aunque el conjunto puede evocar nostalgia, es inevitable aceptar la realidad: películas como esta llenaban los videoclubes de los ochenta y no era un pecado evitarlas.
Juguete cómico despiadado, en el que cada réplica, cada recital de slapstick y decisión de casting hacen diana, al servicio de una purísima catarsis de hilaridad.