Ritchie deja en claro que no ha llegado al género de la fantasía épica para perder su esencia. Es una película que evoca la sensación de haberla visto antes, en numerosas ocasiones.
Adopta la apariencia de una recreación, entre lo ritual y lo descreído, del mito fundacional de la Epifanía, en clave estética pasoliniana: sin embargo, no tarda en aflorar la sospecha de la impostura, del elaborado chiste cultural cuyo gag climático es, precisamente, su exégesis crítica.
King ha abordado el proyecto con el mimo del lector que considera los libros de Bond como parte esencial de una educación sentimental a la que había que rendir justicia. King forja una realidad orgánica, un libro infantil en movimiento.
Golpes bajos. Lo peor de 'Maktub' no es solo su agresiva combinación de estética televisiva y sentimentalismo, sino su poco disimulada condición de ficción promocional.
Por fin, el renacer teleñeco. No se trata solo de revitalizar una franquicia, sino de un acto de amor abrumador y un festín nostálgico. 'Los Muppets' logra el milagro de parecer más ligera, ingenua y luminosa de lo que realmente es.
El secreto de su genio podría emparentarse con el de la mejor cocina de vanguardia: el arte de conciliar la novedad con la tradición. Apoteósico climax final.
Matiza la radicalidad del original. Hay menos fragmentación narrativa en un trabajo que apuesta por una cohesión dramática más convencional, engrandecida por el papel de Woody Harrelson.
Acumula todos los tics de una modulación hipster del cine de género. Cuando Dickerson, protagonista, coguionista y director del filme, piensa en lo kubrickiano, lo que le sale es lo seudokubrickiano.
Revela en Slattery a un director capaz de habilitar un generoso terreno de juego para sus actores, pero sus maneras expresivas amenazan con rebajarlo todo a excéntrica comedia negra.
Delata [a Rowley] como un Michael Moore sin sobrepeso ni sentido del humor, aunque con las mismas toneladas de autoindulgencia y una pareja debilidad por el lenguaje propagandístico.
No está a la altura de su referente y sacrifica la verosimilitud en su apuesta por el asombro. La pirotecnia narrativa del director debutante, sin embargo, logra mantener viva la atención.
Bigelow prioriza lo sensorial sobre cualquier intento de discurso. La película es intensa, sobresaliente y magistral. Tal vez no sea la obra definitiva sobre la guerra de Irak, pero sin duda es la que mejor logra transmitir su esencia.
Un trabajo con una rigurosa e inusual apuesta de estilo -oscura, irrespirable- y con una considerable habilidad para romper las expectativas del espectador.
Es, por un lado, la comedia romántica con el punto de partida más estomagante y agresivo que un espectador medio pueda concebir. Y, por otro, un glorioso artefacto de ingeniería sutil.
El film, en su indescriptible clímax final, rompe concatenaciones temporales, identidades, asideros y percepciones lineales, logrando que todos los elementos de su sinfonía rimen, que no haya cabo suelto.