Ingenuo ejercicio de estilo de película oscarizable. El resultado es, sin rodeos, insuficiente y polémico. Sin embargo, los actores destacan y logran desempeñar sus roles de manera efectiva, lo que eleva un poco un guion que carece de dirección clara.
Estimulante telón de fondo de una película que, aunque no disimula su intención de conquistar al gran público, también reconoce que a veces este público es maduro, exigente y capaz de apreciar un contenido más profundo.
Aparatosa postal. Parece aspirar a cierta unidad formal y enmarca sus microficciones en un tenue relato unificador. Si alguien busca un buen ejemplo de derroche perfectamente inútil, aquí lo tiene.
En pantalla, algunos relatos se presentan distorsionados. Pons organiza su película en tres secciones. La tercera conclusión integra todos los elementos, creando así la pieza más sólida de un rompecabezas desigual.
Las debilidades del guion se equilibran gracias al esmero en la creación de los personajes y la autenticidad que ofrecen los actores, destacando notablemente las actuaciones femeninas.
Medem parece intentar distanciarse de sus habituales personajes peculiares, como si quisiese sumergir a esos individuos almodovarianos en un entorno opresivo. Sin embargo, lo que termina por suceder es que en lugar de ofrecer profundidad, todo resulta ser una mera fachada poética.
A pesar de que los personajes reflejan claramente su origen español, carecen de profundidad y atractivo. En los momentos más oscuros de la trama, la narrativa se siente apresurada y llega a lo absurdo.
La animación prioriza la grandiosidad de los escenarios en lugar de la emotividad de sus personajes, tratando de compensar la falta de originalidad en las formas con una producción de alto nivel.
La primera película de Nixey puede parecer algo repetitiva, pero su fuerza como relato de terror es realmente impactante, complementada por un estilo visual exquisito. Está muy por encima de las típicas producciones de terror.
En los primeros minutos, la falta de interés se siente casi automática. Buckley transmite más autenticidad que la película que lo rodea, aunque de esta se pueden rescatar dos ideas musicales bastante interesantes.
Vampiriza imaginería de cine de bajo presupuesto y diálogos de novela sensacionalista para construir un relato moralista y simplista sobre la purificación. Black Snake Moan resulta confusa y mal calculada, aunque es divertidamente inesperada.
La falta de confianza en la estructura dramática del juicio principal transforma esta obra en un torbellino de giros y enfatizaciones, presentando un mensaje ejemplar rodeado de formas caóticas.
Revisionismo pop. Su gloria radica en el exceso, combinando diálogos impecables con recursos visuales llamativos y, sin duda, en atreverse a presentar una realidad alternativa.