Este documental proporciona una visión profunda del sistema educativo en Francia, presentando los hechos sin recurrir a artificios narrativos, ya que el propio contenido presenta los estímulos necesarios. Es una obra ejemplar.
Se distancia del grueso de la animación hegemónica contemporánea al conceder tiempo y espacio a un modelo de movimiento atento al matiz y al detalle, incluso a la lentitud.
Aquí no hay tanto unos creadores remezclando postmodernidad para toda la familia, sino una desalentadora mesa de ejecutivos gestionando licencias. Sí, la forma es virtuosa y el ingenio sigue ahí. También la astucia para dar gato por liebre.
Se necesita una fe ciega para aceptar que un giro dramático y la resolución de conflictos en los últimos 30 minutos son suficientes para alcanzar una verdad. No lo son.
Desafortunadamente, se queda en un esbozo asombrosamente esquemático. El epílogo donde se desvela la mecánica de todo delata la ingenuidad medular del conjunto.
Agota su fuego en la contundencia de su título. La gran lástima es que aquí había madera para una comedia soberbia. Los apuntes -y los actores- están ahí, pero frustrados, malogrados.
Fascinante monstruo formal y narrativo. Rica en significados, ambigua hasta decir basta y devastadoramente divertida. Trabajo seductoramente enigmático.
Una metacomedia romántica puede ser incluso más decepcionante que una comedia romántica convencional. Los personajes a menudo se obsesionan con su autoconciencia y la trama se convierte en una acumulación de clichés que intentan parecer más inteligentes de lo que realmente son.
Besnard busca crear una experiencia cinematográfica sensorial, pero termina acercándose al estilo visual que recuerda a la estética de un anuncio publicitario, como los de yogures o la miel industrial que intenta simular ser genuina.
Una comedia que ofrece agudas observaciones sobre las relaciones laborales, familiares y afectivas, destacando el intrincado retrato de un personaje que Sally Field interpreta con admirable entrega y versatilidad.
Una de las películas españolas más ambiciosas del año, y a la vez, una de las que menos reconoce sus logros. Respeta el enigma de su protagonista, lo que eleva la calidad del filme.
El cineasta busca hacernos reír después de generar tensión, o al revés, pero parece seguir más las fórmulas de un manual de guion que un verdadero entendimiento de la rica complejidad emocional de la vida.
Una película autoconsciente de su intrascendencia, pero constantemente llamativa en sus movimientos, texturas y diseños de personajes sabe muy bien cómo hacerse disculpar sus puntuales debilidades.
Un análisis sutil y sin pretensiones sobre las relaciones entre padres e hijos y las complejidades femeninas, explorando las diversas formas de amor y lealtad dentro de un grupo humano.
Quizás habría sido más interesante observar cómo el director Padial buscaba fusionar su estilo (pos)humorístico en una comedia con un enfoque comercial.
La apariencia de sencillez encubre un sugestivo juego de fugas y bifurcaciones narrativas. Sangsoo sigue explorando la fusión de cine y vida camuflando la complejidad de ligereza.
Vigalondo presenta una interesante variante del modelo. Destaca el suspense que se aplica a detalles pequeños, aunque su ligera apariencia pueda influir en ciertas conclusiones.