Tras un inicio prometedor, la película enfrenta varios problemas en su narrativa que intenta resolver de manera poco convincente. La capacidad de sorprender se desvanece rápidamente.
Un encadenado de giros de guion y golpes de efecto dignos de mejor causa y un plantel de entregados actores intentando nadar contra las corrientes de inverosimilitud que acaban ahogando una historia de eficacia puramente epidérmica.
El retrato de los paisajes es el único aspecto positivo en esta obra que no logra establecer una identidad clara entre las influencias externas y un cuestionable deseo de trascender.
Se puede criticar la intensidad dramática del final y algunas decisiones que parecen moralistas, pero la obra se destaca por su estilo sofisticado y su habilidad para examinar un arquetipo contemporáneo, lo que la hace realmente significativa y esencial.
Quizás quiera ser la película que Balzac hubiera rodado antes de la existencia del cine, pero acaba siendo el cerebral ejercicio de estilo de un cineasta enamorado de su propio rigor expresivo.
Es un trabajo lúcido e impecable, pero sus formas son tan rigurosas que este crítico tuvo una impresión parecida a la de contemplar el ineluctable desarrollo de una proposición matemática sobre una pizarra demasiado estrecha.
Serra ha logrado un trabajo conceptualmente sólido, caracterizado por un esteticismo profundamente autoconsciente que integra de manera efectiva los rasgos más destacados de la heterodoxia en su poética.
No es una buena película, pero su anomalía es relevante. Es un 'Inland empire' contado a las marujas, un cóctel de convención y experimento que indaga en los temores y fobias de la mujer encapsulada en el edén de la clase media acomodada.
La película presenta una fuerte similitud con la novela, lo que sugiere que Fincher ha optado por una presencia sutil. Esta elección, característica de su estilo, demuestra ser altamente astuta.
Lo que hace especial a este trabajo es su forma, en constante liza con los deseos del espectador, atraídos siempre por un fuera de campo cargado de incertidumbre.
Las cartas están sobre la mesa y nadie debería irritarse demasiado por el déficit de originalidad. El carisma de Dwayne Johnson es el único asidero en una propuesta demasiado rutinaria.
El enérgico primitivismo de 'Kárate a muerte en Torremolinos' da paso a un enfoque más controlado y exigente. Aquí, cada momento cuenta y la mayoría de los gags impactan de manera efectiva.
La película evoca el ingenio de Kevin Smith, aunque este se pierde en una trama que avanza sin sorpresa. Todo se vuelve predecible y, lamentablemente, carece de la diversión esperada.