Avanza con una impersonalidad desconcertante. La habilidad de Mark Strong y la inquietante vulnerabilidad de Taissa Farmiga inyectan el alma que le falta a esta obra, que opta por reiterar en lugar de soñar.
Es complicado no encontrar aspectos positivos en 'Los becarios'. Los detalles, los diálogos ingeniosos, las caracterizaciones de los personajes secundarios y la química efectiva, aunque no deslumbrante, entre los protagonistas, son lo mejor de la película.
Pedestre, rutinaria, desganada, tosca y fea. El problema es que tanto Loach como Laverty diluyen la verdad testimonial de su discurso en un relato dominado por lo maniqueo.
Pocos titubeos se notan en un trabajo que prioriza el poder visual de sus imágenes y lo integra en una narrativa concisa, convirtiendo lo que inicialmente parece un discurso elaborado en un western seco.
Diseñada para atraer a su audiencia y dejar fuera a quienes no están familiarizados, la película puede parecer un ridículo ejercicio de narcisismo juvenil. Sin embargo, introduce un giro significativo en la representación cinematográfica del arquetipo.
Un elenco talentoso actúa como una sólida barrera contra las críticas. Vanessa Redgrave, Terence Stamp y Gemma Arterton aportan credibilidad a personajes atrapados en una trama que resulta predecible.
Quizás quiera ser la película que Balzac hubiera rodado antes de la existencia del cine, pero acaba siendo el cerebral ejercicio de estilo de un cineasta enamorado de su propio rigor expresivo.
Es un trabajo lúcido e impecable, pero sus formas son tan rigurosas que este crítico tuvo una impresión parecida a la de contemplar el ineluctable desarrollo de una proposición matemática sobre una pizarra demasiado estrecha.
No es una buena película, pero su anomalía es relevante. Es un 'Inland empire' contado a las marujas, un cóctel de convención y experimento que indaga en los temores y fobias de la mujer encapsulada en el edén de la clase media acomodada.
Existen instantes valiosos, sin duda, pero es fácil perder el interés en esta exagerada exaltación de la inmadurez, que simplifica todo al conflicto fundamental de la era de Instagram.
Un epílogo sugiere que este podría ser el inicio de una saga en línea con el inusual tríptico superheroico de Shyamalan. Sin embargo, lo más destacado es la firmeza con la que Yarovesky desarrolla su premisa.
Es una crónica reveladora, una película que debería ser vista en todas las escuelas de actuación, ya que presenta un proceso que no brinda soluciones definitivas ni recetas de experto, sino valiosas lecciones de sabiduría.
Es un chiste. Cuando la trama llega a su anunciada escenificación de un atentado: de golpe, el espectador se ve instalado en los territorios de 'Mortadelo y Filemón'.
No se trata de una obra maestra ni puede compararse a 'Sympathy for Mr. Vengeance' u 'Old Boy', pero definitivamente es un trabajo distintivo del autor. Presenta una clara abstracción, sin buscar el realismo, enfocándose en la habilidad de sus formalidades estilísticas.
Despliega, en su primer tramo, una palpable capacidad para mantener la atención del espectador. Más adelante, no tardan en aparecer los trucos de trilero que sobrecargan innecesariamente el relato hasta llevarlo a extremos ridículos.