A Haigh le interesan más sus actores que los gestos estéticos, aunque la elaborada toma en continuidad que da paso al tercer acto es contundente y virtuosa.
La afortunada localización del Campamento La Brújula amplifica la fuerza del material de partida. luminosa adaptación cinematográfica un reparto impecable
Un torbellino de variables que acaba estando demasiado condicionado por la mala integración de elementos digitales. Sin ser completamente desdeñable, esta parece una película en la que Iwai colabora a sabotear su legado.
Una inesperada película con ángel, impulsada por una gratificante energía lúdica y enriquecida con elementos del movimiento #Metoo. Es una de las grandes sorpresas de la cartelera veraniega.
Tanto el estilo vibrante del animador como su notable habilidad para resumir narrativas logran que todo avance con una ligera y juguetona fluidez, creando una impactante sinfonía visual de belleza constante.
Con un metraje amplio y repleto de detalles reveladores, la película opta por exponer la verdad, a pesar de que sea incómoda, en lugar de tratar de seducir en exceso. Transmitir el valor de una caricia en medio de un tormentoso momento vital es un notable logro.
No es una película de terror convencional, sino una crónica de un viaje interior que logra mantener el equilibrio en un arriesgado tono onírico, desplegando una constante creatividad estilística.
Una propuesta ligera ideal para tomarse unas vacaciones de sí mismo, que, si bien no descubre nada nuevo bajo el sol, cumple decentemente sus modestos objetivos.
Que algunos espectadores y críticos sientan el impulso de manifestar lo mal que les cae el personaje, solo significa una cosa: que directora, escritora y actriz están haciendo las cosas bien. Con una cierta verdad.
La crítica distópica se siente repetitiva y la película transita una línea ambigua entre la celebración y la condena. Aunque hay energía, carece de una perspectiva clara. Falta un punto de vista y, sobre todo, complejidad en la narrativa.
Diversas decisiones narrativas y estilísticas condenan a 'Mustang' al maniqueísmo. Se trata de una película que plantea problemas constantes a sus protagonistas, pero ninguno a sus espectadores, ya que carece de matiz y ambigüedad.
Película valiente, rica y desbordante su representación franca, directa y libre de todo corsé moralista de la sexualidad adolescente resulta tremendamente refrescante Bel Powley se ofrece como enmudecedora revelación
Si hay algo que derroche con generosidad una película en apariencia tan modesta como 'La chica dormida' -escueto metraje, formato en 4:3- es encanto, estilo, energía e invención expresiva.
Schreier maneja el material con respeto y seriedad, manteniendo un tono adecuado que evita caer en la cursilería y la afectación. Sin embargo, habrá quienes, al igual que este crítico, experimenten un profundo rechazo por el modelo de atracción que sustenta la historia de amor.
Cruda, procaz y marcada por una fragilísima ternura, la película se abre en arriesgada clave grotesca y tragicómica: un registro que el cineasta nunca había tanteado, pero que solventa con visceral energía y gran capacidad.
La ejecución, tanto por parte del cineasta como de su elenco, es asombrosa. Verdadero cine de la provocación, que cuestiona las apriorísticas certidumbres de su espectador.
El estudio Ghibli mantiene una notable continuidad con autores como Hiromasa Yonebayashi. Uno podría decir que en esta película la animación es tan sutil que parece casi invisible, similar a la cuidadosa dirección del cine clásico.
Fellipe narra con claridad y efectividad, evitando ambigüedades. Manifiesta una clara preferencia por el plano estático y la repetición de elementos visuales que, mediante sutiles variaciones, reflejan la caída.