Esta película es la crónica y, al mismo tiempo, la culminación de un heroico relato de épica docente. Un trabajo al que le hubiese venido bien mayor sobriedad de tono.
Mitchell tiene el don de aportar una cualidad enigmática a cada imagen. Destaca en sus soluciones de puesta en escena y refleja una profunda empatía hacia la sensibilidad femenina, a la vez que es incisivo al retratar la sexualidad masculina.
Una película notable. Por tono, se asemeja a 'Adventureland' (2009), aunque no logra igualar su nivel. Faxon y Rash parecen más interesados en crear un ejercicio de carisma indie que en explorar la verdadera esencia de su material.
Llama la atención el contraste entre el tono que finalmente se afirma en la película y la textura sensorial y forzadamente lírica de algunas imágenes. Esa tensión desequilibra el conjunto, pero no llega a estropear un debut que parece conocerse al dedillo su tradición para renovarla.
Es una miniatura sobresaliente, estremecedora, cuyo desenlace acompañará al espectador como una infección hasta mucho después de terminada la proyección.
Contradictoria y excéntrica, Levine maneja el material con astucia, aunque sufre de una de las grandes debilidades del cine comercial contemporáneo: la necesidad de contentar a todos.
Aquí se cae en la obviedad con la frase que cierra el conjunto, pero, en el recorrido, abundan las gratificaciones camufladas bajo imágenes no siempre elocuentes y poderosas.
Este difícilmente clasificable 'Nosotros y yo' revela una insólita faceta del director como cronista social limpio de moralina, distancia y condescendencia.
La primera película de Korine se esfuerza por ampliar su público objetivo y, lo más notable, logra sorprender a sus incondicionales. La escena del atraco al restaurante destaca como una impresionante demostración de su fuerza estilística.
Mia Hansen-Løve consigue desplazar cualquier retórica y cursilería en el resultado final, recurriendo a los fundamentos de la Nouvelle Vague, pero sin caer en el mero ejercicio estilístico.
Fincher se presenta como un fiel transcriptor de un guión impecable, permitiéndose una sutil floritura de estilo. A través de una escritura que, por su perfección, resulta inquietante, logra establecer un nuevo clasicismo.
El trabajo de Freixas y Espinosa se zambulle en el tópico y la cursilería, pero acaba emergiendo en otro lado y el resultado -un sólido producto comercial- proyecta su onda expansiva más allá de su público natural.