Su gran virtud está en normalizar el protagonismo homosexual dentro de un género, el de la comedia de adolescentes convierte el tercer acto en algo excesivamente aparatoso. Hasta llegar ahí todo funciona.
La directora no solo tiene una visión clara, sino que también cuenta con un discurso sólido y un notable sentido de la medida. Además, demuestra la habilidad para abordar un tema que carece de humor con un tono que no renuncia a una aguda ironía.
Hace del dejà vu su único horizonte. Como un 'Stranger Things' descolorido al que se le hubiese visto el plumero desde el minuto 1, ilustra hasta qué punto la nostalgia de los ochenta se ha ido convirtiendo en una losa.
Esta película no destaca ni por encima ni por debajo de las muchas producciones similares que han inundado las salas de cine en los últimos años. Sin embargo, su brevedad es una ventaja notable. Por otro lado, su falta de sorpresa se presenta como un gran inconveniente.
A Haigh le interesan más sus actores que los gestos estéticos, aunque la elaborada toma en continuidad que da paso al tercer acto es contundente y virtuosa.
La afortunada localización del Campamento La Brújula amplifica la fuerza del material de partida. luminosa adaptación cinematográfica un reparto impecable
Un torbellino de variables que acaba estando demasiado condicionado por la mala integración de elementos digitales. Sin ser completamente desdeñable, esta parece una película en la que Iwai colabora a sabotear su legado.
Una inesperada película con ángel, impulsada por una gratificante energía lúdica y enriquecida con elementos del movimiento #Metoo. Es una de las grandes sorpresas de la cartelera veraniega.
Tanto el estilo vibrante del animador como su notable habilidad para resumir narrativas logran que todo avance con una ligera y juguetona fluidez, creando una impactante sinfonía visual de belleza constante.
Con un metraje amplio y repleto de detalles reveladores, la película opta por exponer la verdad, a pesar de que sea incómoda, en lugar de tratar de seducir en exceso. Transmitir el valor de una caricia en medio de un tormentoso momento vital es un notable logro.
No es una película de terror convencional, sino una crónica de un viaje interior que logra mantener el equilibrio en un arriesgado tono onírico, desplegando una constante creatividad estilística.
Una propuesta ligera ideal para tomarse unas vacaciones de sí mismo, que, si bien no descubre nada nuevo bajo el sol, cumple decentemente sus modestos objetivos.
Que algunos espectadores y críticos sientan el impulso de manifestar lo mal que les cae el personaje, solo significa una cosa: que directora, escritora y actriz están haciendo las cosas bien. Con una cierta verdad.
La crítica distópica se siente repetitiva y la película transita una línea ambigua entre la celebración y la condena. Aunque hay energía, carece de una perspectiva clara. Falta un punto de vista y, sobre todo, complejidad en la narrativa.
Diversas decisiones narrativas y estilísticas condenan a 'Mustang' al maniqueísmo. Se trata de una película que plantea problemas constantes a sus protagonistas, pero ninguno a sus espectadores, ya que carece de matiz y ambigüedad.
Su clave estética sería la de un moderno álbum de historieta francobelga de aventuras, al servicio de un relato clásico sobre la seducción del descubrimiento.
Con sus elegantes fondos de acuarela, la historia es puro Iwai en este fascinante simulacro de anime, que encuentra en el detalle la medida de la belleza y en sus limitaciones expresivas una nueva espontaneidad.
Película valiente, rica y desbordante su representación franca, directa y libre de todo corsé moralista de la sexualidad adolescente resulta tremendamente refrescante Bel Powley se ofrece como enmudecedora revelación