Si hay algo que derroche con generosidad una película en apariencia tan modesta como 'La chica dormida' -escueto metraje, formato en 4:3- es encanto, estilo, energía e invención expresiva.
Schreier maneja el material con respeto y seriedad, manteniendo un tono adecuado que evita caer en la cursilería y la afectación. Sin embargo, habrá quienes, al igual que este crítico, experimenten un profundo rechazo por el modelo de atracción que sustenta la historia de amor.
Cruda, procaz y marcada por una fragilísima ternura, la película se abre en arriesgada clave grotesca y tragicómica: un registro que el cineasta nunca había tanteado, pero que solventa con visceral energía y gran capacidad.
La ejecución, tanto por parte del cineasta como de su elenco, es asombrosa. Verdadero cine de la provocación, que cuestiona las apriorísticas certidumbres de su espectador.
El estudio Ghibli mantiene una notable continuidad con autores como Hiromasa Yonebayashi. Uno podría decir que en esta película la animación es tan sutil que parece casi invisible, similar a la cuidadosa dirección del cine clásico.
Fellipe narra con claridad y efectividad, evitando ambigüedades. Manifiesta una clara preferencia por el plano estático y la repetición de elementos visuales que, mediante sutiles variaciones, reflejan la caída.
Esta película es la crónica y, al mismo tiempo, la culminación de un heroico relato de épica docente. Un trabajo al que le hubiese venido bien mayor sobriedad de tono.
Mitchell tiene el don de aportar una cualidad enigmática a cada imagen. Destaca en sus soluciones de puesta en escena y refleja una profunda empatía hacia la sensibilidad femenina, a la vez que es incisivo al retratar la sexualidad masculina.
Una película notable. Por tono, se asemeja a 'Adventureland' (2009), aunque no logra igualar su nivel. Faxon y Rash parecen más interesados en crear un ejercicio de carisma indie que en explorar la verdadera esencia de su material.
Llama la atención el contraste entre el tono que finalmente se afirma en la película y la textura sensorial y forzadamente lírica de algunas imágenes. Esa tensión desequilibra el conjunto, pero no llega a estropear un debut que parece conocerse al dedillo su tradición para renovarla.
Es una miniatura sobresaliente, estremecedora, cuyo desenlace acompañará al espectador como una infección hasta mucho después de terminada la proyección.
Contradictoria y excéntrica, Levine maneja el material con astucia, aunque sufre de una de las grandes debilidades del cine comercial contemporáneo: la necesidad de contentar a todos.