El resentimiento coral se solaza al sostener y expandir una sátira moderna de humor relampagueante jamás definitivamente negro, con una ironía cruel nunca amarga aunque socavadora.
La serie se presenta con alegría y despliegue en sus doce capítulos, cada uno notablemente diferente. Además de contribuir al desarrollo del relato, que es ligero, humorístico y casi etéreo, estos episodios funcionan como aventuras y reflejos de la humanidad de la protagonista.
Secreta un personalísimo estilo personal de postvodevil popular, a la vez que un refinado ingenio agudo y sardónico que nunca parece tomarse demasiado en serio ni demasiado en broma.
Lleva los resortes de su planteamiento dramático nuclear y esencial hasta una verdadera metafísica del sarcasmo, sarcasmo sorprendentemente aquilatado por el paciente autodidacta Kaurismäki a lo largo de los años y los lustros y las décadas, sarcasmo hiriente y calculado.
Mantiene al espectador en un constante estado de alerta, irrita, socava, avasalla, fascina y sorprende, tanto de manera directa como indirecta, gracias a su implacable edición. Destaca, sobre todo, por la viciosa virtud de una puesta en imágenes con una fotografía virtuosa a cargo de Barbu Balasoiu.
A sus casi 3 horas de duración, no le sobra ni un minuto a su picaresca intelectualizada. Desolemniza, satiriza, muerde y pone en un irrisorio ridículo a través de la envoltura irresistible de este inventivo compendio de la comicidad popular.
Una suma de reencarnaciones que habrán de estrellarse contra la irónica eclosión de una nueva Gran Familia Heterodoxa otra vez nuclear aunque ya admisible.
Ofrece desde la perfección de su clave original múltiples posibilidades de lectura tan disparatadas como su evanescente materia cienciaficcional misma: una insólita comedia surreal.
Se evidencia como una falsa conciencia iluminada, como diría Sloterdijk, al emplear toda su cautivadora y autofascinada energía visionaria en un apólogo estético. Esta obra medita sobre la belleza en sus diferentes formas bipolares.
Sostiene con enorme sutileza y energía una estructura emotiva de jardín de los senderos que se bifurcan, al dividir su interés humano entre el padre y el hijo, pasmados en formas diametralmente opuestas.
Enérgico debut como autor total con soberbia fotografía en blanco y negro altamente contrastados de Philipp Kirsamer, toma la forma de un innombrable descenso a los infiernos citadinos, en paralelo con el modélico catastrofista individual Después de hora de Scorsese.
Logra hacer patente, inminente y evidente a cada instante que lo mental es, ante todo, en términos cinematográficos, un asunto conductual y corporal al acogerse y consumar con genuino virtuosismo un relato tan realista como genérico y artificial.
El vampirismo corrupto impone la obsesiva e insidiosa negatividad absoluta que se articula a tambor batiente en la grisura desolada de fuliginosas imágenes en blanco/negro.
¡Que viva México!' recae en formas archiconocidas, como la proliferación de criaturas estereotipadas, y una necesidad voraz por provocar una risa facilona y retropopulachera.