Vibrante, expone su carga expresivo-narrativa con un vigor intenso y sin adjetivos innecesarios, aunque con demasiados objetivos, todo ello en un cine muy personal que se centra en los personajes y en hechos contundentes.
Heteróclito filme, comedia dramática con elementos de fantasía mágica y un toque de humor negro, que se presenta de manera directa y sin complejidades innecesarias.
Convierte a la pantalla dividida en un recurso estético de primer orden y un discurso en sí, opone e impone y recompone propositivamente a las figuras humanas en el espacio visual.
Impresionante debut. Termina por manifestarse como una dolorosa requisitoria por el respeto a la dignidad de los ancianos frente a los trágicos avances del inevitable deterioro.
Conmovedora ópera prima que redefine el empoderamiento femenino de una manera suave y sensual, evitando caer en el hembrismo o reproducir los esquemas machistas.
Constituye una conquista en la evolución del estilo nervioso-shocking pero sabio del inasible Dolan, añadiendo ahora a sus coqueterías manieristas algunos explícitos guiños al supercalculado cine improvisatorio de Jacques Rivette.
Sabe magnificar, con calculada discreción y subliminal eficacia, la plurisexualidad que se atreve a manifestarse con toda su fuerza y amplitud pero ni siquiera se toma ya la molestia de precisarse ni autodefinirse.
Exultante. Rinde alucinado y delirante culto ambiguo al visceral e irresponsable ímpetu creador vuelto finalmente cinismo que encarna el insuperable paranoicazo perfecto Tommy Wiseau.
Redefine la noción de escatología en un sentido fisiológico-material y filosófico-religioso, utilizando un cadáver que logra con éxito la apropiación doctrinal de los fines últimos de la humanidad.
Un retiro protegido que parece estar sumido en un letargo, evoca una entelequia del idealismo subjetivo, presentando y llevando al extremo las innovaciones de la fantasía visual al estilo de Fellini.
Se presenta con la habilidad y la autoconciencia propias de un film que pertenece a una generación que ignora los retorcidos conflictos existenciales de su predecesor, Ingmar Bergman.
Disemina a granel y se atasca con situaciones de vodevil para decir exactamente lo contrario de ese deleznado género popular e ínfimo, pues aquí todo será irónico y cambiante.
Plantea con informulable pudor la liviandad de sus impulsos carnales, cual meros movimientos corporales y anímicos, con elocuente y plástica elegancia, sin sensiblerías ni sexismo por edad.
Estructura a grandes trozos, o stanzas poéticas, su intenso drama mortecino y visualmente hiperreflexivo, a modo de una gigantesca búsqueda trascendental, a fuego lento pero quemante.