Trasciende la gratuita metafísica grotesca del horror y la barbarie de los hechos, registrándolos y narrándolos siempre de manera subjetiva e impresionista, diseminados en sensaciones y visiones parciales, sin por ello prescindir de la pesantez y la gracia envilecida.
Sólo habrá de culminar como un relato abierto donde confluyen varias fuentes narrativas, como un borgeano jardín bifurcado en el especulativo imaginario de la sagaz heroína triunfante.
La valentía femilibresca transforma la estética visual en un espacio literario, con interiores verdosos y paisajes marinos grisáceos, donde las nubes negras evocan una atmósfera casi gótica.
La película se sostiene por su dulce y persistente toque de onirismo, que resulta ligero y etéreo. Su esencia acaricia y acompaña al espectador, impregnada de un sarcasmo notable y un divertido masoquismo.
El escamoteo magnífico logra realizar impresionantes cambios de tono y género, planteando la pregunta sobre si en la última fase de la modernidad cinematográfica los géneros no son más que variaciones de tono. Todo esto se lleva a cabo sin sacrificar en absoluto la elegancia de su estilo.
Sigue con delicia intimista los movimientos macropulsionales desarraigo/rearraigo desde un punto de vista lírico casi épico individual y radicalmente femenino, en la summa conjunción de temas.
Se provee de un final que vale por la película entera: una suntuosa pietà valenciana, con lujo de icono fílmico armenio del Paradjanov de El color de la granada.
Toda ingenio, buen humor, agudeza, detalle chispeante, elipsis sugerente, conmoción conmovedora y calidez humanista, donde cualesquiera fricciones, sucesos u ocurrencias significan y seducen.
Hace coexistir la epopeya-thriller y el réquiem etnogáfico, en la hibridación de una saga-amalgama sorpresiva, gracias a su tesitura exaltada pero eminentemente elíptica.
Se esculpe sobre la tensión que media no entre el estruendo y otro estruendo, ni entre el sonido y la furia, ni sobre el estruendo y el silencio, sino la distancia de tiempo vivido y densificado que media entre silencio y silencio.
Se afirma y reafirma de manera autoconsciente y reivindicadora la irónica función ehrenburguiana del cine como fábrica de sueños, como reverberación onírica que salva de la nefanda tibieza cotidiana y eleva a la poderosa vicariancia de los ensueños baratamente masificados como un imaginario propio.
Se sobrepone al amargo divertimento en vilo, a la estilizadísima reconstrucción supradocumental abriéndose hacia meditaciones y contextos inéditos, para continuar sobreviviendo a la adversidad y al desmembramiento interior.