Dicta el autárquico señorío robinsoniano-archimboldesco de una transferida fábula moderna, al fincar tan visceral cuan inventivamente su proceso imaginario en un cóctel multirreferencial.
Tiene la manía de soñar con un etéreo mundo de locura amorosa, intentando imponer su perspectiva de manera errática, sin lograr el ritmo ni la gracia esperados.
Marcha, de manera lógica afectiva extrema y con severo brío, hacia la desembocadura de todos los discursos lúcida y lucidoramente implicados, culturales, antiautoritarios, sexuales, a través del estallido de una revuelta múltiple.
La fuerza declinante culmina su opúsculo seco y enredado con una serie de planos elípticos en movimiento, rindiendo homenaje a un discurso triunfal que se desarrolla a través de ranas, ganado suelto y criaturas del desierto.
Se afirma entonces como un martirologio múltiple que arrastra consigo a la forma fílmica y a su negación de artificios o efectismos paranoicos hacia la historia de un romance innombrable.
Se permite con admirable elegancia y aseada realización todo tipo de hallazgos expresivos, tales como esa ultraelíptica estructura lineal que además admite tantos insertos correctores en su seno como se requieran hasta modificar su consistencia.
Supercalculada aunque sensitiva, se revela en el límite y lo insólito como la pieza clave y el punto de inflexión de un incipiente pero poderoso estilo de Schleinzer.
Avasalladora superproducción que supera cualquier referente, ya sea testimonial, realista o artificial. Presenta elementos en crudo y cocido, combinando múltiples capas, y lo hace de manera limpia aunque sin alcanzar una pureza total.
Iñárritu ya no se dedica a hacerle el trabajo sucio a los gringos racistas preTrump, sino que ahora se enfoca en deslumbrar a la ignorancia global, buscando reafirmar una artesanía básica y efectiva.
Se vuelca por completo y se sostiene de brillante manera en función de la extraordinaria secuencia del secuestro del enemigo alevoso, con una ejecución y un timing perfectos.
Filma en los virulentos límites de lo humano y lo inhumano un trágico descenso a los horrores del trabajo forzado, no desde una perspectiva retórica o legalista como el patriotero Lincoln de Spielberg, sino de manera visceral, sin caer en el sensacionalismo ni en el melodrama sentimental.
Se afirma como una deliberadamente boba pieza tragicómica de humor sangriento, aunque con algunos rasgos de ternura o de complaciente complicidad a la defensiva.
El autodesmantelamiento consentido presenta una trama lineal que, aunque sencilla, se vuelve cada vez más extraña, manteniéndose siempre con un desapego casi artificial.
La imaginería ígnea logra así conjuntar en una sola película-relectura de archivos ajenos, una síntesis y una revaloración de las altas cimas del cine de Herzog.
Alcanza sus puntos de sugerencia e intensidad expresiva más altos gracias a la aguda utilización por montaje de fragmentos de las mejores adaptaciones fílmicas.