Simples gracietas. ¿Por dónde se salva la película? Por la música, por un puñado de buenas canciones que amenizan la aburrida marcha hasta el desenlace final, previsto y reprevisto.
Un trabajo pequeño y modesto, repleto de detalles que crean un resultado bastante apreciable. A pesar de su belleza y elegancia exterior, su interior refleja decadencia y amargura.
Una película entretenida, aunque excesivamente cargada de lenguaje grosero. La trama carece de profundidad y su desarrollo es monótono, además de estar llena de momentos fuera de lugar. Se puede ver, pero no ofrece mucho más.
El trabajo de dirección logra captar la atención de tal manera que el tiempo parece volar, dejando al espectador sin oportunidad para descansar. Esta es una obra más de este talentoso cineasta.
En la interpretación, el filme destaca con un duelo entre Ifans y Redgrave que eleva la obra a nuevas alturas. Es una propuesta muy interesante de Emmerich.
Se deja ver sin contratiempos, pero en cuanto a su contenido cinematográfico, ofrece una resolución fácil y poco profunda, careciendo de una historia que atrape verdaderamente.
Un derroche de color y poder imaginativo. Sin embargo, se siente un bostezo indisimulado en el medio de la trama. La razón es la ausencia de una historia sólida, ya que presenta un guión deficiente y vulgar que carece de contenido interesante.
El tema principal es una tontería enorme. Es claro que no hay una dirección convencional a seguir, pero esa libertad creativa es lo que usan para provocar risas.
Se critica la crudeza y la falta de sutileza en el diseño, que resulta en una representación demasiado obvia. La obra cae en lo caricaturesco y estereotipado, lo que le resta originalidad y profundidad.