Una de esas películas que se disfrutan en el engaño. El despliegue de trampas, de aciertos y errores, de pistas engañosas y, en definitiva, de juego, resulta muy entretenido, aunque no estoy seguro de si es suficiente.
Shyamalan no defrauda esta vez. Mantiene un tono inquietante con figuras inmóviles que presagian horrores inminentes. Sin embargo, el final resulta insatisfactorio.
Se convierte en un drama que se vuelve denso e incómodo. Aunque su base sea sencilla y local, su capacidad camaleónica le brinda un atractivo adicional.
Desordenada y caótica, la película transmite una sensación de querer abarcarlo todo sin lograr nada en particular. Resulta ser un despliegue de pedantería que no aporta al resultado final.
Mungiu, con su estilo cinematográfico escueto, frío y abrumador, explora cómo una mentira y un acto deshonesto pueden tensar la moral del individuo. Esta dinámica muestra cómo un pequeño desvío puede ser cubierto por otro aún mayor.
Es un espléndido monumento a la cultura, que destila con grandeza por cada diálogo, por cada fotograma y cada escena de este filme que chorrea inteligencia y talento por cada poro.
Casi todo es entrañable en esta película. Tiene buenos tramos, pero en general resulta demasiado previsible y en ocasiones peca de excesiva ñoñería. A pesar de esto, es un trabajo simpático que destaca por la actuación del siempre estupendo Raúl Arévalo.
Gore salchichero. Pasada de la raya y con un tono rosa anaranjado que resulta más repulsivo que otra cosa. Tiene un aire de pastiche económico y una historia que se siente algo improvisada.
Es un relato desgarrador y, como tal, Aranoa lo ha intentado suavizar con el humor. La película tiene más capas que una cebolla. Una obra casi maestra.
Winograd realiza un trabajo notable, superando las expectativas dado que el eje de la comedia es muy americano y, por ende, un tanto decepcionante. Sin embargo, esos aspectos se pueden perdonar.
El buen hacer de Marie Belhomme es lo que le hace al espectador permanecer en continua sonrisa, un estado placentero al que ayuda, y de qué forma, Isabelle Carré, la chica que creó el término empatía.
Es una película bastante regular, casi vulgar. El inconveniente principal es que todo resulta demasiado convencional. Destaca la actuación de Gummer, que es excelente, mientras que del resto poco se puede comentar que no sea la brillantez de Streep.
Aparece la transgresión en algunas escenas, conversaciones audaces y ciertos gags cómicos, pero la esencia de la trama resulta simple, monótona y vacía. Sin embargo, hay un salvavidas inesperado que rescata la película: Lebron James.