Ayouch coloca la cámara sin inclinarse hacia ningún partido ideológico o religioso; permite que los acontecimientos se desarrollen de manera orgánica. La potencia de la materia prima impulsa la película a un océano tempestuoso y de intensa fuerza.
Es hora de empezar a tomarse muy en serio a James Ponsoldt. Segel, en un trabajo encomiable, y un gran Eisenberg conforman un relato que muestra estilo y mucha clase.
El filme, que carece de calidad cinematográfica, está bajo la dirección de Anthony Wolken, quien actúa como si fuera un encargo de Mendes, lo cual podría ser cierto. Si es así, definitivamente le ha hecho un mal favor.
Genial homenaje al Méliès español. Lo más brillante de la cinta es que trasciende el monumento al pionero desconocido con un juego genial, digno de Orson Welles.
Exceso de secundarios perdidos y una trama irritante por su falta de profundidad. Sin embargo, hay dos aspectos destacados: la fotografía es excepcional y las conversaciones filosóficas entre el cura y el rabino son interpretadas de manera sobresaliente por los dos Luthiers.
Necesitaría mayor presupuesto para lo que requieren los efectos especiales pero, aun así, tiene agarraderas para sobresalir. Se aúpa en una vuelta de tuerca final.
Desenlace desmesurado y pueblerino. Pero aún así, y a pesar de las excesivas dos horas de proyección la película tiene ritmo, cierta rapidez y actuaciones excelentes.
No es un bodrio ni, desde luego, una obra de arte. Es una película de Walter Hill en combinación con Stallone. Es decir, guantazo va, guantazo viene, y no hay más ni se necesita más. Ya se sabe a lo que se va y esto es lo que te dan.