Es imposible no ver el film de Sironi sin reconocer de inmediato su legítimo lugar dentro de la genealogía del cine italiano, en particular en la rama que nace en el neorrealismo.
Exponente de una suerte de realismo mágico europeo, 'Mujer en guerra' trenza la crítica social y un registro a veces fantasioso con las buenas intenciones y los mensajes morales subrayados.
Es un film de cálculo, en el que cada elemento ha sido pensado para conmover al espectador, pero también a los miembros de la Academia que eligen las candidatas a los Oscar.
A pesar de las situaciones límite que enfrenta el joven protagonista, el guion evita caer en el miserabilismo de dejarlo sin salida. Este gesto noble logra atenuar la tragedia implícita en el relato.
Ambientado en la Sudáfrica actual, el policial se conecta con los crímenes cometidos durante el apartheid. Temas como “impunidad”, “culpa”, “juicio” y “venganza” son planteados en este film, que adhiere a la idea de que sin justicia no es posible un auténtico perdón.
La película se torna sádica y explícita de manera inesperada y sin justificación. Esta búsqueda de impacto y conmoción parece dar lugar a una especie de traición, evidenciando un juego de manipulación que resulta complicado de perdonar.
Este segundo trabajo como director del actor británico Harry Macqueen es sobrio, preciso y, sobre todo, emotivo por su fondo y no por su forma. Y en eso tienen mucho que ver los trabajos modestamente soberbios de la pareja protagónica, Colin Firth y Stanley Tucci.
Busca articular en el tiempo el devenir de una historia de amor de la misma forma en que Richard Linklater lo hizo en la saga que comienza en 1995 con 'Antes del amanecer'. Pero lo hace de forma menos orgánica.
Con un estilo de animación 2D tradicional y un diseño exquisito, la película de animación nominada al Oscar se presenta como un fascinante viaje en el tiempo.
Colin Farrell y Brendan Gleeson no solo brindan excelentes actuaciones tanto individuales como en conjunto, sino que también aseguran una propuesta que logra sorprender y conmover en igual medida.
Consigue convertir una historia clásica en una metáfora social muy actual, en la que el respeto por la naturaleza entra en colisión con los intereses del poder económico.
La dificultad radica en la necesidad de forzar la lógica de los personajes, en particular la de Ellis, para hacer que su conducta vaya más allá de los límites de su propio verosímil.
Es posible imaginar a un Woody Allen más auténtico, evocando el realismo suburbano de John Cassavetes. Además, se percibe una fuerte influencia del cine europeo, en particular del francés, donde se busca plasmar en celluloide la esencia de la vida cotidiana.
Sin ser una gran película, Mi amigo Enzo logra crear algunos climas emotivos con herramientas genuinas, incluso cuando, como se dijo, el guión abusa de las tragedias que Denny debe afrontar.
La versión adulta del Club de los Perdedores no logra replicar la química que existía entre aquel grupo de jóvenes, lo que lleva al guión a regresar al pasado de forma insistente. Esto genera una “desconexión” que se refleja en la estructura narrativa.