Sorín utiliza nuevamente el paisaje patagónico para complementar la idea de personajes aislados en sus propias emociones, quienes deben abrirse hacia los demás.
Todo está poblado de golpes bajos, de música lacrimosa, de imágenes muchas veces cursis. El niño Sunny Prawar logra que uno se conmueva, pero es nada más un truco fácil. Para llorar a reglamento.
Video para guardar la versión soy mami megamillonaria. Esto nos permite quedar bien con los menos favorecidos, evitando así críticas. Es realmente desagradable.
Muy bien realizado, con un estilo clásico que va derecho al punto, aunque por momentos se excede en diálogos estereotipados. Aún así, mucho mejor que la mayoría de lo que se estrena en las salas.
Sin tener el detalle de la animación cinematográfica, mantiene el interés durante todo su transcurso, más allá de ciertas trivialidades propias de haber sido pensada, antes que nada, como un entretenimiento infantil.
Fue un éxito mundial y dominaba las noches de la televisión, logrando altos índices de audiencia. Con diez episodios de menos de una hora, logra capturar un fragmento significativo de la historia.
La ecuanimidad presente en el filme se debe no solo a su precisión histórica. Además, la actuación de un joven Michael Caine aporta gran valor a esta obra espectacular.
El resultado es equilibrado y humorístico, y en cierto sentido –como en pocos filmes sobre “gente que vence adversidades”– una auténtica aventura. Que es comedia y drama y tragedia e inspiración y poesía sin subrayar ningún trazo.
Hay un misterio, pero aunque la película ofrece momentos interesantes, en un momento dado se rinde a una estructura predecible, incluso en sus giros. La trama se pierde entre el uso de flashbacks y recursos para impactar al espectador.
Anderson parece llevar al extremo el ejercicio de rodar con tensión absoluta en cada secuencia, algo que fue la marca distintiva de Martin Scorsese. Lo más interesante es cómo lo logra film a film, casi como si estuviera creando una enciclopedia.
La película combina documental, animación, biografía y melodrama en poco más de 20 minutos. La voz de Larkin, marcada por los excesos, aún revela una notable lucidez sobre su arte. Este film rinde homenaje a él y a un tipo de arte que a menudo ha sido subestimado.
Hay un uso de los fondos y una sutil intervención de lo digital que nos “mete” en esa aventura absolutamente peligrosa y obsesiva que consiste en subir a una montaña casi inaccesible.
Da miedo, porque los cineastas han sabido cómo filmar para contagiar ese miedo, esa ansiedad, la angustia de estar en una situación imposible sin más posibilidad que seguir. Angustia elegida, y eso también es temible.
Es Hopkins el sostén de la obra, y su Oscar está bien merecido, ya que aporta humanidad e ingenio a su personaje. Colman brilla como una extraordinaria compañera en este juego, que no se puede llevar a cabo en solitario.
El problema fundamental de una película como esta, casi proselitista, es que la interpretación de Julianne Moore se presenta como un efecto especial, un mero alarde técnico, sin más.
Su relato nos toca de cerca, cada uno de nosotros ha vivido una situación similar y la lupa del cine nos permite verlo con una dimensión nueva. No deja de ser un buen cuento, y en esa característica se encuentra su mayor virtud.