Cranston y Hart son talentosos comediantes, lo que hace que la experiencia sea entretenida. Sin embargo, hay momentos en los que se pierde el hilo y se confunden las escenas de unas versiones con otras. Es interesante cómo las traducciones pueden alterar la percepción de la historia.
No, no la descarte de entrada. El film es simpático y trata de respetar al espectador mucho más que los viejos entretenimientos familiares de vacaciones.
El acierto radica en que todo presenta una dimensión humana. Hay una mezcla de humor y, desde su épica mínima, se aborda el heroísmo junto a temas que trascienden la realidad actual.
Por momentos, hilarante; por momentos, en busca de una emoción forzada, tiene en el trabajo dinámico de los actores el mejor argumento para que el espectador se sienta reconfortado.
Dejando de lado algunos momentos casi alegóricos, Virzí logra contagiar la alegría que menciona el título al espectador, y disolver el peso trágico de algunos sucesos, como pasa con el tiempo y la vida real.
El film es imperfecto, pero tiene una virtud: su relato y sus emociones son genuinas, gracias a una dirección que no intenta inventar cuando no es necesario y actores que entienden perfectamente a sus personajes.
Mejor que todos los grandes “tanques” de vacaciones de invierno juntos o combinados: hágales un favor a sus chicos (y a usted también) y anímese a ver esta película. De nada.
Para quien se queja de que el cine es puro ruido, pues bien: aquí tiene la oportunidad de alejarse de él, pasarla bien y –por supuesto– guardar la experiencia en la memoria.
Aunque en los últimos años el director Cesc Gay ha adoptado un enfoque más convencional, mantiene la habilidad de evitar los lugares comunes que suelen resultar falsos. En esta ocasión, junto a las actuaciones de Ricardo Darín y Javier Cámara, consiguen que la amabilidad predomine en la narrativa.
De esas historias humanas con una lección que ofrecer, pero que, gracias a su simpatía, logran sobresalir de lo común. Aunque es un producto sueco, no puede considerarse malo en absoluto.
Tiene un corazón tan grande como cada una de sus secuencias de acción. Todos los actores creen –creen en serio– en el mundo que les ha sido dado habitar y el humor y el peligro llenan cada una de las secuencias.
Este film de dirección anodina logra cautivar, no por su mensaje o por lo que establece como norma, sino gracias a la interpretación de los actores, quienes añaden profundidad a la trama y a sus personajes.
Culto a la amistad, película “de reír y llorar”, paisaje urbano -y conurbano- argentino. No está mal, por cierto, y los actores otorgan dignidad a una historia que recorre lugares comunes con naturalidad y desparpajo.
El realizador en ningún momento mira a sus personajes desde arriba sino que, incluso en sus pequeñeces, trata de comprenderlos todo el tiempo. E inventa cosas con la cámara, de paso, lo que vuelve la experiencia de la película mucho más placentera.
Los Farrelly han logrado tomarse en serio una de las profesiones más riesgosas y despreciadas: la de hacer reír con nuestro costado más grotesco. Aún imperfecta, una película libre, y eso solo ya es toda una declaración de principios.
Entre trago y trago, mediante diálogos de una normalidad notable, las relaciones se arman y desarman, y terminamos siendo testigos de la vida de personas como nosotros en circunstancias poco habituales.
Es una versión extrema del clásico “El ángel exterminador”, de Luis Buñuel, y se presenta como una de las sorpresas del año. El final es uno de los más tiernos y divertidos, liberador en más de un sentido, que nos ha ofrecido el cine recientemente.
Trapero entiende que el mundo de las villas es esquivo y, con sinceridad, se enfoca en narrarlo de la mejor manera posible. Logra así una película ambiciosa, compleja y casi épica, lo que representa un verdadero acto de valentía.
El film resulta ser bastante rutinario, lo que lo lleva a adoptar un enfoque moralista. El realizador parece trabajar “de oficio” y sacrifica su propia visión para adaptarse al libro, lo que ocasiona que la película pierda su fuerza y se torne inevitablemente anacrónica.