El impresionante trabajo de Christopher Nolan sugiere que esta es una de sus mejores películas, comparable con 'Dunkerque' y 'El Caballero de la Noche'.
El verdadero tema de esta película es el paso del tiempo, y no está mal si tenemos en cuenta que Indy siempre estuvo a las corridas y ahora ya no es tan veloz. Comprender eso y divertir con nobleza alcanza para que la despedida sea satisfactoria.
Aunque la película presenta más diálogos que acciones, logra mantener una ligereza que resulta atractiva. A pesar del melodrama, la simpatía de los protagonistas destaca.
La película es densa, sobre todo sostenida en las actuaciones (intensas como corresponde a tema y forma) y excede el contexto para presentar una cumplida fábula moral a la que no le falta suspenso.
En un momento determinado, el protagonista se enfrenta a un callejón sin salida y toma decisiones en piloto automático, tanto en situaciones trágicas como tiernas. Es una película interesante, ya que, en el fondo, plantea lo imposible.
El juego de intentar adivinar quién o por qué la gente se va muriendo funciona bastante bien, la ambientación y el diseño de personajes y lugares es atractivo, y el asunto no aburre. Aunque le falte salero.
El problema es que este cuento de celos no genera la tensión suficiente como para que la historia capture al espectador. Y no se aprovecha ese recurso del melodrama, que las fuerzas de la naturaleza ilustren las pasiones sin palabras. Un film prolijo.
Un film vibrante y lleno de energía para concientizar sobre la violencia. No hay muchos realizadores que se animen a llegar tan lejos y sean igualmente consistentes con sus ideas.
El filme alcanza su mayor impacto en la persecución por los Andes, que tiene un aire casi de western, durante su última media hora. En el resto del tiempo, la película parece más un disfraz que una propuesta auténtica, adoleciendo de cierta pretensión.
Si no es una mala película, es gracias a que en la incertidumbre del protagonista se destaca un excelente manejo del suspenso. En ese aspecto, Zemeckis parece redescubrir el placer de jugar con el cine.
Padece del defecto del “álbum de figuritas”, los famosos cuyo nombre se subraya ante cada aparición. Y, además, la inmensa corrección política. Pero Cranston vale la pena.
La vida de Alan Turing, el brillante matemático que sentó las bases de la computación y jugó un papel crucial en la derrota del nazismo, es tan fascinante que resulta un verdadero logro crear una película que no haga justicia a su historia.
De esas películas de corte clásico que ya no se producen o que se hacen de manera apresurada y sin el esplendor visual que realmente merecen. Muestra una faceta diferente de un cineasta fundamental.