Una película destacada por su sorprendente perfección en el encuadre y el montaje. El gran mérito de este descenso profundo al infierno personal de un personaje excepcional es que cada plano logra evocar incomodidad y miedo.
Está bien narrada y muestra que este tipo de drama se adapta mejor al formato televisivo. Hay momentos de gran tensión narrativa y visual, logrando un equilibrio perfecto.
Un fenómeno de culto. Melodrama, romances, peleas y la presencia de unos rusos malísimos en el sótano casi infranqueable de un shopping center. La mejor temporada de la serie insignia de Netflix.
Todavía Hollywood puede contar esta clase de historias, más allá de la recurrencia al cliché, y que resulten tan atractivas como una ficción. Lo mejor, como siempre en estos casos, son los actores, en una puesta en escena convenientemente anónima.
Lo que una serie debe hacer con tanto material al mismo tiempo verdadero e inverosímil es darle credibilidad, mantener su fuerza épica y trágica y transmitirla al espectador. Esta versión de la vida del campeón de los medianos lo logra con creces.
Los testimonios son magníficos, el material de archivo está muy bien organizado, y hay un aspecto adicional: el cine se presenta como una herramienta clave para desvelar la verdadera magnitud de las situaciones.
Lo interesante es que uno nunca sabe para qué lado va a ir el episodio siguiente, y la serie lo logra sin traicionar al espectador ni pistas falsas, con personajes que siempre son humanos y creíbles.
Es un canto de amor de los autores por la década en la que vivieron su infancia; presenta un elenco de personajes entrañables. La fortaleza y el atractivo están presentes, sin importar los muchos homenajes y la memorabilia audiovisual que se incluye.
Es tan buena como la serie original, y ha sabido forjar su propio camino al construir un universo distintivo. La aparición de lo incorrecto en ese pequeño nerd aporta una frescura auténtica, sin dejar de lado la melancolía del genio.
Theron, con su cuerpo y su rostro, es un festival, una exhibición virtuosa de cómo una intérprete puede hacer del cine de acción un arte abstracto y preciso que justifica la experiencia en la pantalla gigante.
Al realizador Gaghan le importan más los avatares del capitalismo que el drama o la comedia del hombre en peligro, más el periodismo que la literatura, y eso vuelve insatisfactorio a un cast, en otras manos, perfecto.
Aquí tenemos una larga película de más de dos horas que no aburre, donde las secuencias duran lo que tienen que durar y cuyos personajes –al menos la mayoría de ellos– nos importan. (...) da la impresión de que, después de tantas películas, Bryan Singer quiere mucho a sus personajes.
Reflexión sobre prejuicios y modelos, tiene actuaciones que nos acercan a aceptar como real el mundo que plantea en la pantalla, aunque a veces se pase un poco con el didacticismo y la buena intención.