Un análisis sobre la explotación de franquicias, la calidad variable de la animación y la forma de evadir derechos de autor, además de la tendencia a relanzar productos del pasado, se ve acompañado de momentos de un humor excesivamente repetitivo.
Aaron Paul ofrece una interpretación sólida. El universo presentado tiene sus aciertos y fallas, y los nostálgicos encontrarán lo que vinieron a buscar, aunque su experiencia se limita a eso.
Las cosas no funcionan por razones estrictamente cinematográficas: abarcar demasiado sin lograr que algo integre los diferentes niveles de la película en un todo coherente.
A pesar de ser imperfecta y contar con algunos chistes fuera de lugar, esta serie se presenta como la única alternativa viable a la original: reírse de sus absurdos. No resulta molesta y logra provocar risas.
El problema de esta versión más cómica de la serie de TV de los noventa radica no en que sea demasiado absurda, sino en que, de manera deliberada, no mantiene ese absurdo en todo momento, lugar y forma.
Quienes no la conozcan, encontrarán una serie de lugares comunes cómicos sobre la producción de cine. Hay momentos muy divertidos, así como otros menos impactantes, además de un discurso algo trivial sobre la amistad.
Con las herramientas del mejor cine negro, diálogos precisos y una puesta en escena que combina en la imagen las luces y las sombras del personaje. Clásico oculto.
Peter Berg logra contar la historia del Oxycodin, ese analgésico milagroso que terminó siendo veneno, como un thriller siempre interesante. Nunca aburre.
Fassbender satiriza su propia insufribilidad y muchas de las situaciones resultan realmente cómicas. Ante la situación del cine actual, no hay mayor satisfacción que salir contentos de una sala de proyección.
La mirada es oscura, y muestra no un estado de cosas en el que aparece lo corrupto, sino un sistema basado en la corrupción y donde la honestidad es una excepción. Es tensión permanente.
La película no olvida el contexto social que rodea la historia, pero se centra en lo verdaderamente esencial: la intensa aventura de salvar vidas. Viggo McGregor logra una actuación sólida y comprende a la perfección las motivaciones de su personaje.
El balance entre los personajes es perfecto, con Peterson y Luque mostrando un gran nivel. Winograd logra nuevamente hacer sonreír al público al combinar comedia y suspenso de manera efectiva.
El gran problema de esta producción de Netflix es que envuelve un relato moralista en medio de lujos y altos valores de producción, pero carece de cualquier tipo de ambigüedad.
Existía un tema central, la lucha entre la fe y la razón, así como otro más, la relación entre padre e hija. Sin embargo, en su intento por incluir todos los clichés del subgénero, se perdieron en los giros de la trama.
Filmada con un realismo estilizado que resalta a los protagonistas, sin golpes bajos ni secuencias innecesarias, la película logra lo que toda buena obra debe: abordar lo universal a través de lo particular.
Se trata de un film divertido y amable que se disfruta como andar en tren. No hace falta elogiar a los actores, pero sí destacar que Winograd tiene una mano perfecta para dirigirlos.
Los dos casos se presentan con un marcado didactismo, y el universo narrativo está edificado sobre estereotipos de lo que representan los ricos y los pobres.
Por momentos, resulta un documental "actuado" sobre lo que implica un caso terminal. El tema de la eutanasia, posiblemente lo más interesante y relevante, se aborda a través de diálogos que no terminan de impactar. El resto de la película es visible, aunque no particularmente memorable.