Se aprecia el esfuerzo por innovar: en el segundo episodio, un tiroteo con rayos láser entre los tejados ilustra cómo la tecnología puede aportar emoción a la narrativa.
Las cosas no funcionan por razones estrictamente cinematográficas: abarcar demasiado sin lograr que algo integre los diferentes niveles de la película en un todo coherente.
A pesar de ser imperfecta y contar con algunos chistes fuera de lugar, esta serie se presenta como la única alternativa viable a la original: reírse de sus absurdos. No resulta molesta y logra provocar risas.
Existía un tema central, la lucha entre la fe y la razón, así como otro más, la relación entre padre e hija. Sin embargo, en su intento por incluir todos los clichés del subgénero, se perdieron en los giros de la trama.
Se trata de un film divertido y amable que se disfruta como andar en tren. No hace falta elogiar a los actores, pero sí destacar que Winograd tiene una mano perfecta para dirigirlos.
Los dos casos se presentan con un marcado didactismo, y el universo narrativo está edificado sobre estereotipos de lo que representan los ricos y los pobres.
Este guión anodino y sin matices es elevado por la actuación excepcional de Christopher Walken. Su interpretación aporta dignidad, ira, tenacidad y una notable resiliencia a través de gestos precisos.
Lo más destacable de esta película es Jennifer López. Ella es una actriz extraordinaria que, lamentablemente, no ha sabido seleccionar adecuadamente sus proyectos. Aun así, logré disfrutar de la película, a pesar de su insistente moraleja sobre la sororidad.
Los personajes están presentes y la narrativa se desarrolla con la misma elegancia y brutalidad típica de la serie. El suspenso que se genera en cada episodio mantiene el interés por seguir la historia.
Un análisis sobre la explotación de franquicias, la calidad variable de la animación y la forma de evadir derechos de autor, además de la tendencia a relanzar productos del pasado, se ve acompañado de momentos de un humor excesivamente repetitivo.