La serie es excelente, no solo por la gran cantidad de material inédito o poco visto, sino porque permite que los testigos expresen sus experiencias sin tomar una postura y sin eludir los momentos difíciles de cada biografiado.
La película logra funcionar de manera efectiva gracias a su belleza visual y su habilidad para convertir cuadros en secuencias dinámicas. Sin embargo, un inconveniente es que, en ciertos momentos, las imágenes tienden a eclipsar la narrativa.
La película intenta ser ingeniosa, aunque no siempre consigue su objetivo. A pesar de esto, la presentación del material de archivo resulta ser extremadamente valiosa para entender nuestras raíces en esta era de modernidad tecnológica y erótica.
Esta quinta temporada mantiene las virtudes de las anteriores: un montaje con un timing perfecto, una excelente mezcla de drama y comedia, y personajes entrañables.
Es a la vez una película erótica y un retrato casi descarnado. Y nos introduce en ese mundo que miramos con fascinación y miedo, el de la pornografía, sus triunfos y sus miserias.
Además del plácido recorrido, hay humor. Buen humor, podríamos decir, lejos de esa angustia a veces un poco artificial que destila el resto de la obra de este autor. Y, milagro, desde la primera toma es una película de David Lynch.
Lo que hace que la película funcione son, sobre todo, las relaciones con los otros personajes: Hugh Grant es inteligente y gracioso, mientras que Simon Helberg logra equilibrar la simpatía y el fastidio en su papel como profesor de música.
Más allá de la calidad musical y la poesía de don Joaquín, es relevante que la película elige una de las sinceridades más notables y divertidas. Sabina sabe cómo moverse en el juego del intérprete, logrando así un retrato auténtico de sí mismo.
Todas estas rarezas, desde las visuales hasta las narrativas, se toman en serio y eso es lo más extraño porque esa sinceridad hace que la película funcione y no sea difícil secarse las lágrimas.
Esta versión de Julien Schnabel explora la relación entre el cine y la plástica, presentándose de forma episódica, como un recorrido visual por diversas obras. El eje central es el sobresaliente trabajo de Willem Dafoe, quien interpreta al pintor holandés con un estilo que mezcla sutileza y exageración.
Imperfecta, es cierto, pero esta película tiene algo. El hijo del cómico dirige un relato sobre su padre y, sin querer, transmite una reflexión más universal: por qué necesitamos el cine y por qué deseamos inmortalizar momentos a través de él.